sábado, 20 de marzo de 2010

AL MAL TIEMPO BUENA MÚSICA



COLUMNA DE PAPEL Juan Yáñez
Cuaderno de Viaje

Friedrich Gulda fue un excelente pianista de origen austriaco que se destacó interpretando música clásica y también de jazz. En los finales de los cincuenta ya era considerado uno de los mejores intérpretes de Beethoven, en sus obras para piano.

A principios de 1974, cuando nos encontrábamos a la sazón en Alemania, se anunció la presentación de Friedrich Gulda en el Musikhalle, de Hamburgo, en la Grosser Saal.

 El día del concierto llovió a cántaros durante casi toda la jornada, y al atardecer cuando se creía que escamparía se intensificó aún más. Por la noche, a la hora de la presentación, el tiempo atmosférico era lo más parecido a un diluvio.

En aquellos años nada se sabía y ni siquiera se sospechaba de la globalización que después vendría. Asistir a una presentación de un artista de primera magnitud era económicamente accesible. ¡Y qué artistas.., amables lectores.


Vivíamos sencillamente y disfrutábamos sin mucha alharaca de todo aquello que espontáneamente se nos ofrecía y más aún.., atesorábamos lo más importante (sin darnos cuenta de ello): éramos jóvenes.

Esa noche a pesar de la lluvia estábamos allí; teníamos localidades para los palcos altos, - económicamente más asequibles que las de la platea- próximas al escenario.

Asistió un público bastante informal, aunque conocedor –y al que no había detenido la lluvia- acorde a la genial informalidad que sobresalía en el músico y que él no ocultaba, sino que le complacía mostrar.


 Había poca asistencia y casi todos los presentes en la parte alta. La platea estaba prácticamente vacía, lo que significaba la lógica deserción de aquellos que tenían más recursos para pagar la entrada, pero menos entusiasmo para afrontar el aguacero.


 En el ancho escenario, -que carece de telón- lucía solitario un brillante y negro Steinway.

Se demoró el inicio seguramente esperando más aforo. Se intensificaron las luces del proscenio y por una puerta lateral aparece Gulda, que es toda la informalidad imaginable Con un ligero trote se acerca al piano.

Viste un pantalón de corderoy muy arrugado, -parecía que había dormido con él puesto- y un sueter de cuello de tortuga, todo ello tan negro como el piano.


 Luego de saludar escuetamente al público, se sienta frente al instrumento y comienza a desgranar un racimo de notas, que interrumpe imprevistamente y dirigiéndose a nosotros, -el público de la parte alta-… con animadas señas nos invita a bajar a la platea.

Complacidos y antes de que hubiera finalizado el ofrecimiento, caóticamente desalojamos los palcos y todos tratamos de ubicarnos lo más cercanamente posible al músico. 


Comenzó con algo que hacía de maravilla: improvisar jazz.
En el piano suena la bella melodía de un blues, interpretado con el más puro estilo del ritmo nacido en Nueva Orleáns. Llevaba el compás moviendo una pierna constantemente. Absorto e inspirado se concentraba en la ejecución y en su amplia frente se dilataba una vena que verticalmente descendía al entrecejo.

Era un interprete único.., magnífico, que rebasaba técnica y excelencia El público versado y ávido de buena música lo disfrutaba atento y apasionado.

Tocó casi dos horas hasta que hizo el intermedio. Reanudó el concierto, combinando piezas clásicas y de jazz, durante otra hora más. Al finalizar, hizo bis tres veces, del segundo al tercero fue aplaudido y ovacionado durante casi media hora.

Cuando acabó, saludó y por señas, -en forma imperativa- dio a entender que ya eso era todo. A pesar de ello el público no se conformo, delirante pidió bis largo rato…, obviamente sin resultado. Lo que empezó pasadas las ocho finalizó más allá de medianoche.

Al salir de la sala, el frío de la noche se hizo presente. No llovía ya, pero el piso aún húmedo de la calzada y la acera reflejaban la luz diligente de los faroles. 


 La noche estaba serena, gélida y silenciosa, adecuadamente compatible con las inspiradas notas que aún no se habían acallado en nuestros oídos. Sin duda, todos y cada uno de los presentes asentiríamos que bien valió la pena haber enfrentado al aguacero.

Fue un concierto inolvidable.., se aliaron para lograrlo dos circunstancias favorables, que difícilmente dejan inconforme al melómano: un músico genial y un público mayoritariamente exigente


Y todo ello por una obstinada lluvia que no consiguió evitar la asistencia de unos auténticos y apasionados cultores de la buena música…

Juan Yáñez: www.ahoraescuandohay.blogspot.com + www.sisoydealli.blogspot.com
Publicado en el Diario La Antena de San Juan de los Morros, Venezuela, el 22 de noviembre de 2009

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