domingo, 17 de agosto de 2014

Las cartas de Calfucurá


Cacique Juan Cafulcurá, con uniforme de general del Ejército Argentino.
Por Rolando Hanglin |  Para LA NACION  12.08.2014
                                La leyenda negra de Julio Roca asegura que el Ejército argentino asesinó masivamente a los indios indefensos de Pampa y Patagonia, barriéndolos de sus tierras. La realidad histórica demuestra que las indiadas argentinas y chilenas ejercían el imperium sobre el interior de Buenos Aires, la Pampa, San Luis, Mendoza, Córdoba y la Patagonia con la jefatura del cacique general Juan Calfucurá, que entró a nuestro país en 1833. Su influencia llegaba a los jefes Catriel, Coliqueo, Yanquetruz, Painé, Pichún Guala y demás úlmenes. Las relaciones de poder entre indios y cristianos pueden entenderse claramente si leemos las cartas de aquel tiempo, que se publicaban en diarios como La Prensa, El Orden o El Nacional.
El diario El Orden, de Bahía Blanca, reproduce en sus ediciones del 3 y el 4 de mayo tres cartas del cacique Calfucurá, con fecha 25 de abril, dirigidas por chasques (mensajeros a caballo) para entregar al mayor Manuel Iturra. El cacique reclama seguridad para sus mensajeros y la devolución del indio prisionero Martín con sus dos caballos, uno tordillo y el otro oscuro, capturados recientemente por las tropas. Y hace pedidos de la más diversa índole: "Que regale a esos chasques los objetos que indica, así como a muchos caciques a los que es necesario contentar"; "que con los chasques le mande un guitarrero, que sea bueno para divertirse con los indios, en nombre de la buena paz, que el guitarrero no tenga miedo de ir, porque los indios son buenos"; "que así que se hagan las paces, se deben prohibir las estancias en Sauce Grande, Pillahuincó e Indio Rico, porque los indios ladrones van a robar ganado, y después le echan la culpa a Calfucurá"; otros objetos que pide: ponchos, chiripaes, bayeta, yerba, azúcar, tabaco, espejos para las indias, cohetes, cuatro banderas, cuarenta naipes finos y una música que tenga buenas voces".
El tono implorante de la carta de los militares argentinos indica claramente quién tenía el poder en aquella tierra, al menos durante 1856: Juan Calfucurá 

Algunos de los párrafos textuales: "Olvidaré todo y tratemos de arreglarnos, pues los que murieron, murieron. Y ahora vamos a hacer buenas paces para siempre. Yo no tengo padre ni madre ni hermanos que me lloren, y estaba dispuesto a hacerles siempre la guerra, y no dejarlos prosperar, pero me conduelen tantos infelices que no tienen culpa. Padecen y mueren inocentemente, y es por eso que quiero hacer las paces; don Manuel, sabrá usted que estoy esperando como cinco mil indios que había mandado venir yo, y ahora , como vamos a hacer las paces, tengo que hacerlos volver a sus destinos y para medios contentarlos pido a V. me mande dos carretas con géneros. amigo Iturra, no se le haga mucho dos carretas de negocio, yo les voy a dar prendas de plata, mantas y otros regalos. Sobre lo que le pido no haga usted saber al gobierno, pues nosotros podemos muy bien entendernos."
El redactor de la carta que dictaba Calfucurá era un señor chileno de apellido Valdés, quien asimismo ruega por su parte a los señores Iturra y Susviela que publiquen en los diarios de Bahía Blanca o Buenos Aires un anuncio, diciendo que el señor José Valdés, su hermano, se encuentra con vida y también prisionero en los toldos de Salinas Grandes.


Una familia Mapuche
Explica el diario de Bahía Blanca que, al hablar de cinco mil indios, el jefe se refiere a los lanceros que vendrían de Chile a las órdenes de su propio hermano Reuquecurá, que participaba asiduamente de los malones. Alardea, pues, de su poder de convocatoria, con amenaza implícita en caso de una negativa. En cuanto al pedido de que se impidiera el asentamiento de estancias en los ríos que desaguaban en el Atlántico, era imposible, pues esos campos ya estaban en plena labor.
Se produjeron largos parlamentos, con indios y cristianos. Se encargó a los chasques que, una vez entregada la carta de respuesta a Calfucurá, aguardaran 14 días y trajeran de regreso a los cautivos blancos allí existentes. Participaba de la comitiva (nada menos) el hijo del mayor Iturra, que serviría de perfecto rehén, a la primera diferencia. Pero, al mismo tiempo que esto sucedia, el cacique Calfucurá tenía a su propio hijo Manuel Pastor estudiando en el Colegio Catedral al Norte de la ciudad de Buenos Aires, con el maestro Francisco Larguía. Otro rehén, esta vez indio en manos de blancos. Lo cual sugiere que Calfucurá tenía total dominio de la situación, y nada temía.
Esta fue la respuesta:
"Comandancia Militar de Bahía Blanca, abril 29 de 1856.
Al gran cacique Calfucurá:
¡Mi hermano y amigo! Al recibir a tus capitanejos y darles mi mano derecha, te daba mi buen corazón como prueba de que yo, Iturra, mi plana mayor de oficiales, todos los habitantes del Pueblo y mis soldados gustosamente mantendremos la paz que debe haber entre todos, que somos hermanos y de una misma tierra.
Todas tus cartas las mandé por un barco que despaché al gobernador, porque era preciso que él también estuviera muy contento al saber que también deseas ser su hermano y amigo. Tus capitanejos, que mandaste aquí de parlamento, te dirán si yo e Iturra tenemos buen corazón para con tus mujeres, tus caciquillos, tus capitanes y tus indios, te dirán también que estamos muy pobres. Hemos buscado todo lo que podíamos encontrar para mandarles algo a todos.
En tu carta pedís a tu hermano, el mayor Iturra, que mande a su hijo Manuel. El va allá y en esto ves que cuanto Iturra dice y yo digo es de corazón.
Me mandás pedir al prisionero que yo tengo. Te lo mando sin esperar que vos, mi hermano y amigo Calfucurá, me mandes a las pobres cautivas que están llorando sus padres y sus madres. Pero ahora yo te pido, como hermano y amigo, me las mandes para probarme que nuestras manos derechas y nuestros corazones ya están juntos siempre, y sabe mi hermano y amigo Calfucurá que nuestro buen gobernador, don Pastor Obligado, que ya también es tu amigo, llorará de contento cuando vos, mi hermano y amigo, le mandes a las pobres cautivas. Y entonces él dirá: ´Ya no hay en mi tierra quien tenga que llorar´.
Te mando estos cuatro pasaportes para que tus chasques puedan andar con seguridad y que los mandes a negocio, que por todos nosotros serán bien recibidos, y yo e Iturra los cuidaremos como buenos hermanos y amigos.
Adiós mi amigo y hermano. Te saludo a vos, tus mujeres, tus caciquillos, capitanejos y tus indios. Yo, el comandante Iturra, mi plana de oficiales y todos los habitantes del pueblo, asiéndote la mano derecha en prueba de que somos hermanos y amigos.
Manuel Iturra, el sargento Pedro Lescano y los cuatro indios le manifestarán a mi hermano, ya amigo, la sincera amistad que todos te profesamos, y te suplico que me los trates bien, pues nosotros hemos hecho lo mismo con los tuyos.
Juan Susviela, a ruego el mayor Iturra".
El tono implorante de la carta de los militares argentinos indica claramente quién tenía el poder en aquella tierra, al menos durante 1856: Juan Calfucurá. El gran cacique murió 15 años antes de la Conquista del Desierto. Fue sucedido por su hijo Manuel Namuncurá. El beato Cederino Namuncurá era su nieto.


Ceferino Namuncurá 
Información: "Viejito Porteño", de Jorge Luis Rojas Lagarde, Elefante Blanco, 2007..

domingo, 13 de julio de 2014

La careta del gigante

               
 OPINIÓN

Juan Yáñez

El Mundial de Fútbol 2014, celebrado en Brasil, lejos de ser un acontecimiento deportivo, se convirtió para sus organizadores en un termómetro para medir la temperatura de la política nacional.

  De malos políticos está el mundo lleno, son más dañinos que las plagas, pero ellos se creen, (o no se lo creen y nos engañan) los salvadores del mundo y sus electores también. En esta última apreciación radican los potenciales males de las sociedades modernas. 

No es posible que las democracias sean solo fachadas bonitas , cuando en su interior todo luce en la más abominable podredumbre que la corrupción engendra. Brasil es un ejemplo de como se gobierna mal. Lula un bandido que jala más que un dínamo, pero nada más. La Rousseff, quien creía que para gobernar solo bastaba con mandar y como en los aviones, poner a funcionar el piloto automático. Ahora paga las consecuencias de su incapacidad. No basta tener un pasado guerrillero, o haber sido un sindicalista medio carismático para presidir un país. 

Ningún país que se precie, se gobierna acertadamente, con improvisados líderes de cartón pintado, campeones en populismo o demagogos de cuarta categoría. Otrora a BrasilL no le faltaron grandes estadistas, hoy está tan contaminado como otros países de la región. La reflexión es el recurso de los sabios, quienes fácilmente dilucidaron, que la  modestia es signo de grandeza y la soberbia lo es de ignorancia. Caminos equivocados los hay por doquier y equivocados de oficio aún son más. Ahora lo que queda es recoger los vidrios rotos y tratar de remendar el capote, o lo que quedó de él.
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MARIO VARGAS LLOSA 13 JUL 2014 -  EL PAÍS ESPAÑA

  El mito de la ‘Canarinha’ nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible atenerse a la verdad, por dolorosa que sea.


                                                Me apenó mucho la cataclísmica derrota de Brasil ante Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo, pero confieso que no me sorprendió tanto. De un tiempo a esta parte, la famosa Canarinha se parecía cada vez menos a lo que había sido la mítica escuadra brasileña que deslumbró mi juventud y esta impresión se confirmó para mí en sus primeras presentaciones en este campeonato mundial, donde el equipo carioca dio una pobre imagen haciendo esfuerzos desesperados para no ser lo que fue en el pasado sino jugar un fútbol de fría eficiencia, a la manera europea.

No funcionaba nada bien; había algo forzado, artificioso y antinatural en ese esfuerzo, que se traducía en un desangelado rendimiento de todo el cuadro, incluido el de su estrella máxima, Neymar. Todos los jugadores parecían embridados. El viejo estilo —el de un Pelé, Sócrates, Garrincha, Tostao, Zico— seducía porque estimulaba el lucimiento y la creatividad de cada cual, y de ello resultaba que el equipo brasileño, además de meter goles, brindaba un espectáculo soberbio, en que el fútbol se trascendía a sí mismo y se convertía en arte: coreografía, danza, circo, ballet.

Los críticos deportivos han abrumado de improperios a Luiz Felipe Scolari, el entrenador brasileño, al que responsabilizan de la humillante derrota por haber impuesto a la selección carioca una metodología de juego de conjunto que traicionaba su rica tradición y la privaba de la brillantez y la iniciativa que antes eran inseparables de su eficacia, convirtiendo a los jugadores en meras piezas de una estrategia, casi en autómatas. Sin embargo, yo creo que la culpa de Scolari no es solo suya sino, tal vez, una manifestación en el ámbito deportivo de un fenómeno que, desde hace algún tiempo, representa todo el Brasil: vivir una ficción que es brutalmente desmentida por una realidad profunda.

No hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse

Todo nace con el Gobierno de Lula da Silva (2003-2010), quien, según el mito universalmente aceptado, dio el impulso decisivo al desarrollo económico de Brasil, despertando de este modo a ese gigante dormido y encarrilándolo en la dirección de las grandes potencias. Las formidables estadísticas que difundía el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística eran aceptadas por doquier: de 49 millones, los pobres bajaron a ser sólo 16 millones en ese período y la clase media aumentó de 66 a 113 millones. No es de extrañar que, con estas credenciales, Dilma Rousseff, compañera y discípula de Lula, ganara las elecciones con tanta facilidad. Ahora que quiere hacerse reelegir y que la verdad sobre la condición de la economía brasileña parece sustituir al mito, muchos la responsabilizan a ella de esa declinación veloz y piden que se vuelva al lulismo, el Gobierno que sembró, con sus políticas mercantilistas y corruptas, las semillas de la catástrofe.

La verdad es que no hubo ningún milagro en aquellos años, sino un espejismo que sólo ahora comienza a despejarse, como ha ocurrido con el fútbol brasileño. Una política populista como la que practicó Lula durante sus Gobiernos pudo producir la ilusión de un progreso social y económico que era nada más que un fugaz fuego de artificio. El endeudamiento que financiaba los costosos programas sociales era, a menudo, una cortina de humo para tráficos delictuosos que han llevado a muchos ministros y altos funcionarios de aquellos años (y los actuales) a la cárcel o al banquillo de los acusados. Las alianzas mercantilistas entre Gobierno y empresas privadas enriquecieron a buen número de funcionarios y empresarios, pero crearon un sistema tan endemoniadamente burocrático que incentivaba la corrupción y ha ido desalentando la inversión. De otro lado, el Estado se embarcó muchas veces en faraónicas e irresponsables operaciones, de las que los gastos emprendidos con motivo de la Copa Mundial de Fútbol son un formidable ejemplo.

El Gobierno brasileño dijo que no habría dineros públicos en los 13.000 millones que invertiría en el Mundial de fútbol. Era mentira. El BNDS (Banco Brasileño de Desarrollo) ha financiado a casi todas las empresas que ganaron las obras de infraestructura y que, todas ellas, subsidiaban al Partido de los Trabajadores actualmente en el poder. (Se calcula que por cada dólar donado han obtenido entre 15 y 30 dólares en contratos).

Las obras mismas constituían un caso flagrante de delirio mesiánico y fantástica irresponsabilidad. De los 12 estadios acondicionados sólo se necesitaban ocho, según advirtió la propia FIFA, y la planificación fue tan chapucera que la mitad de las reformas de la infraestructura urbana y de transportes debieron ser canceladas o sólo serán terminadas ¡después del campeonato! No es de extrañar que la protesta popular ante semejante derroche, motivado por razones publicitarias y electoralistas, sacara a miles de miles de brasileños a las calles y remeciera a todo el Brasil.

Las cifras que los organismos internacionales, como el Banco Mundial, dan en la actualidad sobre el futuro inmediato del Brasil son bastante alarmantes. Para este año se calcula que la economía crecerá apenas un 1,5%, un descenso de medio punto sobre los últimos dos años en los que sólo raspó el 2% . Las perspectivas de inversión privada son muy escasas, por la desconfianza que ha surgido ante lo que se creía un modelo original y ha resultado ser nada más que una peligrosa alianza de populismo con mercantilismo y por la telaraña burocrática e intervencionista que asfixia la actividad empresarial y propaga las prácticas mafiosas.

Las obras del Mundial de fútbol han sido un caso flagrante de delirio e irresponsabilidad

Pese a un horizonte tan preocupante, el Estado sigue creciendo de manera inmoderada —ya gasta el 40% del producto bruto— y multiplica los impuestos a la vez que las “correcciones” del mercado, lo que ha hecho que cunda la inseguridad entre empresarios e inversores. Pese a ello, según las encuestas, Dilma Rousseff ganará las próximas elecciones de octubre, y seguirá gobernando inspirada en las realizaciones y logros de Lula da Silva.

Si es así, no sólo el pueblo brasileño estará labrando su propia ruina y más pronto que tarde descubrirá que el mito en el que está fundado el modelo brasileño es una ficción tan poco seria como la del equipo de fútbol al que Alemania aniquiló. Y descubrirá también que es mucho más difícil reconstruir un país que destruirlo. Y que, en todos estos años, primero con Lula da Silva y luego con Dilma Rousseff, ha vivido una mentira que irán pagando sus hijos y sus nietos, cuando tengan que empezar a reedificar desde las raíces una sociedad a la que aquellas políticas hundieron todavía más en el subdesarrollo. Es verdad que Brasil había sido un gigante que comenzaba a despertar en los años que lo gobernó Fernando Henrique Cardoso, que ordenó sus finanzas, dio firmeza a su moneda y sentó las bases de una verdadera democracia y una genuina economía de mercado. Pero sus sucesores, en lugar de perseverar y profundizar aquellas reformas, las fueron desnaturalizando y regresando el país a las viejas prácticas malsanas.

No sólo los brasileños han sido víctimas del espejismo fabricado por Lula da Silva, también el resto de los latinoamericanos. Porque la política exterior del Brasil en todos estos años ha sido de complicidad y apoyo descarado a la política venezolana del comandante Chávez y de Nicolás Maduro, y de una vergonzosa “neutralidad” ante Cuba, negándoles toda forma de apoyo ante los organismos internacionales a los valerosos disidentes que en ambos países luchan por recuperar la democracia y la libertad. Al mismo tiempo, los Gobiernos populistas de Evo Morales en Bolivia, del comandante Ortega en Nicaragua y de Correa en el Ecuador —las más imperfectas formas de Gobiernos representativos en toda América Latina— han tenido en Brasil su más activo valedor.

Por eso, cuanto más pronto caiga la careta de ese supuesto gigante en el que Lula habría convertido al Brasil, mejor para los brasileños. El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible —aunque sea dolorosa— atenerse a la verdad.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.


© Mario Vargas Llosa, 2014.

lunes, 12 de mayo de 2014

Ernesto Che Guevara: Mito y Realidad



En fin, el gran número de asesinatos, torturas, detenciones ilegales, etc., perpetrados entre las propias izquierdas, fueron bajo la responsabilidad del asesino: Che Guevara.


Por Enrique Ros 

                                            Se cumplen estos días 38 años de la muerte del guerrillero argentino que cubrió de sangre y crueldad todos los caminos por él recorridos. Para destruir el mito que se ha tejido con su imagen publicamos, años atrás, un serio estudio biográfico en el que toda afirmación está documentada. Una biografía que se esfuerza en dar a conocer el verdadero rostro de un personaje sobre quien tanto se ha escrito. Una biografía desprovista de los empalagosos elogios; los más, infundados y repetidos, con los que se nos ha mostrado la imagen de un Ernesto Guevara irreal, inexistente. Dimos a conocer al joven que, en su patria nativa formaba parte de las tropas de choque peronista que gritaban: "Haga patria, mate a un estudiante"; pero que, luego, alardeará de su antiperonismo. Al supuesto idealista quien, al viajar, indolente, por el continente, alienta a sus padres a ir a Colombia y Venezuela "los dos países ideales para hacer plata"; mientras él se dirige "rumbo a Guatemala a la aventura en cuestión monetaria".Podemos ver al austero Guevara, en ese viaje, costeado por la explotadora "United Fruit", disfrutando la travesía "con una negrita, Socorro, más puta que una gallina y sólo tenía dieciseis años".
Un Guevara que, en México, cuando los futuros expedicionarios son arrestados, informa a sus captores los nombres de todos los que se encuentran en el campamento, en marcado contraste con el coronel Alberto Bayo quien, ante igual pretensión, respondió: "Yo no me presto ni me prestaré a señalar nombres...a acusar a ninguno, ni que hurguen ustedes sobre nuestro movimiento, que es el de toda la nación cubana".Mostramos al hombre que llega "a Cuba sediento de sangre" quien con su propia mano y a sangre fría, recién desembarcado, es el primero en ejecutar a un cubano. El hombre que aplicará, desde ese momento, son sus palabras, "el odio como factor de lucha; el odio intransigente contra el enemigo". Mostraremos al prejuiciado hombre de ciudad que ve "en cada campesino a un chivato".Vemos, ya en Cuba, a un Guevara que pudo llegar y mantenerse en Las Villas gracias a la mayor habilidad guerrillera de Camilo Cienfuegos. Lo mostraremos en La Cabaña ordenando fusilamientos, con o sin causa. Con juicio o sin juicio. Al orgulloso Guevara escribiéndole a Castro-como precio para que se le permitiera salir de la isla- que "mi única falta...es no haber confiado más en tí desde los primeros momentos en la Sierra Maestra...".
Sumiso, también, con Kabila en el Congo, de quien confía "me dé un chance de hacer algo...".A un hombre responsabilizando a otros de sus propios fracasos, de sus derrotas. "Los congoleses no quieren pelear". "Los africanos son soldados muy, muy malos". Los cubanos, para él, no eran mejores: "En nuestros combates, a los errores míos se agregan las debilidades graves de los combatientes cubanos...". Su aventura en el Congo, tendrá que admitirlo el guerrillero de sangre azul, es "la historia de un fracaso".Repetirá sus errores, al precio de su propia vida, en Bolivia. En el país suramericano, veremos a un Guevara engañando, traicionando a los dirigentes del Partido Comunista de Bolivia quienes, a su vez, conociendo su doblez, lo abandonan.
Un Guevara ignorado por Castro, quien habiendo reunido en La Habana, en la Conferencia de OLAS, a todos los dirigentes de la izquierda latinoamericana no les informa de la crítica situación en que se encuentra el guerrillero argentino ni les pide su cooperación para asistirlo. Un Guevara que en la selva boliviana expresa, en sus evaluaciones, el menosprecio por los hombres de su propia guerrilla: Orlando Pantoja, "deficiente...poca iniciativa"; Antonio Sánchez Díaz (Marcos, Pinares), "indisciplinado...con poca autoridad". Vásquez-Viaña, "irresponsable". Saldaña, "deficiente". Camba "de una cobardía manifiesta". Walter, "demostró muy poco valor". Todos, menos él, imperfectos, deficientes. No puede extrañarnos que muchos de los que hoy cantan loas a su memoria se distanciaran de este ingrato personaje en tan difícil momento. Comprensiblemente, el último abandono lo sufre Guevara de sus hombres que, en la Quebrada del Yuro, se alejan dejándolo herido e indefenso, para morir, solo y aislado, en la pequeña escuela de La Higuera víctima de sus propios errores. Es ésta una biografía distinta -real, documentada, desprovista de fantasía- que prueba, también, que aún los que estuvieron junto a él en la Quebrada del Yuro -y que llegarán a ser altos jefes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias- guardan, en los extensos libros que han escrito, pudoroso silencio sobre aquellas horas finales de quien en aquel momento, se sintió abandonado. El orgulloso y altanero descendiente del Marqués de Guevara, que siempre se considero superior a quienes lo rodeaban, murió abandonado por los hombres que él había menospreciado. Hoy el Instituto de la Memoria Histórica contra el Totalitarismo ha realizado otro serio aporte a la demitificación de Ernesto (Ché) Guevara para mostrar, en un documental que se presentará en distintos países y ciudades, el verdadero rostro de este despiadado y fracasado aventurero.

Enrique Ros, historiador y periodista cubano. Entre sus obras estám: "Girón: la Verdadera Historia", "De Girón a la Crisis de los Cohetes, "Años Críticos: del camino de la acción al camino del entendimiento", "Cubanos Combatientes: peleando en distintos frentes", "La Aventura Africana de Fidel Castro" , etc
Publicado por Redacción LiberPress en 8:34:00

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Deconstrucción de un mito.
 
Por Elizabeth Burgos 

A más de treinta años de su muerte, la figura de Ernesto Guevara de la Serna sigue siendo una fuente poderosa de proyección de fantasmas que por su anacronismo se adelantó a la estética post-moderna, convirtiéndose en una de sus figuras emblemáticas. La mayor paradoja de la vigencia de un entusiasmo tan persistente, es la de tratarse de una figura que en su corta vida pública - apenas diez años - acumuló más fracasos que aciertos. La otra vertiente de la paradoja es que si hubiese logrado materializar su proyecto en poder, hubiera generado, por su extensión - nada menos que todo el continente latinoamericano - uno de los regímenes totalitarios más extensos del planeta.
Pese a la ideología del éxito que hoy impera, lo que parece despertar la admiración que se le profesa, es precisamente su condición de víctima, y de perdedor.
Perdió ante los economistas en su intento de imponer un sistema de producción destinado al imperativo del surgimiento del “hombre nuevo”; ocasionando de paso, que su corta incursión por la gestión económica, marcara el rumbo del desastre económico cubano. En lo político, su lucha en pos del surgimiento de una sociedad ideal, se estrelló contra la realidad que imponen las normas culturales, producto de siglos de historia, por lo que el "hombre nuevo" nunca vio la luz en Cuba. Es sabido que las normas que rigen una sociedad, no se transforman por simple decreto, ni atendiendo a mandatos voluntarios (la transformación de un cuerpo social, pese al voluntarismo más exacerbado, termina imponiendo los imperativos que le son propios.) Y por último, en lo militar, y por haber constituido el sustento mayor de su acción, significa el más rotundo de sus fracasos. El desenlace patético en el Congo, y el no menos dramático en Bolivia que le costó la vida, lo demuestran.
La segunda constatación, más sorprendente aún, es la desproporción existente entre la admiración que se le profesa en sectores anticonformistas y libertarios, y el dogmatismo de su postura ideológica. Estos, reacios a toda autoridad parecen ignorar que la acción política de Ernesto Guevara se apoyaba en un dogmatismo inflexible que de haberse convertido en poder, hubiesen sido ellos sus primeras víctimas. No se debe olvidar que el primer campo de trabajo de reeducación que se abrió después de la revolución, destinados a aquellos que faltasen a la moral revolucionaria, fue iniciativa del Che.
Su personalidad intransigente defensor inquebrantable de su fe lo acercaban más del estilo de un Savonarola que del líder libertario al que se le suele asimilar. No son pues ni los triunfos ni su idea de sociedad lo que mantiene la vigencia de esa figura. Es más bien la orfandad ideológica en la que se debate el mundo de hoy, regido por la impostura y la corrupción, la que conduce al culto que se profesa al hombre que marcó una época por haber sido consecuente al extremo con los preceptos de su prédica. Ante la carencia actual de figuras en donde apoyar la necesidad arcaica de los hombres de contar con un guía con quien identificarse o un redentor que les marque un camino, la figura del Che Guevara aparece como un aliciente; suerte de reserva afectiva, refugio protector en donde guarecer la espera de tiempos mejores.
Desde que se anunció el fin de la Historia y la muerte de las ideologías, nunca el deseo de símbolos y de espiritualidad se ha manifestado con tal agudeza. Es por ello que hoy, el mercado de las imágenes ha resultado el gran favorecido de esta situación, habiendo logrado así conjugar en un solo ámbito, la vida política, el mundo de los negocios y el espacio religioso.
La consagración y la perennidad de la imagen del Che, su transformación en símbolo y su proyección en el espacio imaginario colectivo - y en ello también el Che como producto mediático se adelantó a su época - fue obra de dos fotógrafos que se encontraron en el sitio y el momento precisos para fijar la imagen que le daría cuerpo al mito, gestando así una memoria sin olvido, una manera de existir para siempre ante los ojos del mundo.
En primer lugar, el cliché que muestra el rostro revestido por un halo patético, premonitorio de muerte, realizado por el Cubano Korda, cuando el Che se le introdujo inopinadamente en el visor de la cámara, en el transcurso de un acto en una tribuna pública en La Habana; convertido luego en el célebre cartel que desde hace treinta años recorre el mundo.
Y en segundo término, la imagen de la muerte en Vallegrande, del boliviano Freddy Alborta que, al otorgarle la singularidad de un Cristo, realizó la concreción definitiva de un destino. La paradoja radica en que la imagen de un cadáver suele representar el fin de una trayectoria; en este caso, significó el comienzo de la inmortalidad: no siempre mata la muerte, y el Che no lo ignoraba. El martirologio sufrido a manos de sus captores, con apoyo solícito de la CIA, relegó al olvido sus fracasos y sus ideas dogmáticas. Lo que se venera hoy, no son sus triunfos ni sus ideas, sino la sacralización de un itinerario personal. Privó la dimensión del ser ante el hacer. En ello consiste la paradoja: en una época en que el “ser” tiende a desaparecer en aras del “hacer”, se impuso su manera de existir. Ese ha sido y es su mayor triunfo.
Su popularidad se sustentó al principio en la fantástica escena mediática que significó la Revolución Cubana, escenario de proyección mundial desde donde predicó su fe inquebrantable en la revolución y en la lucha armada; expresión que luego reemplazó por la de “violencia revolucionaria”. Ernesto Guevara sólo creía en la guerra, la vivía intensamente y la consideraba como un medio de realización personal; en cuanto a la política como arte de gobernar, sencillamente la desdeñaba.
Por su estructura mental, el Che se perfila como un personaje con poca complejidad psicológica; su discurso es simple, sus ideas no lo son menos. Ninguna sinuosidad viene a romper la rectitud de la línea que se trazó desde que, tras el desembarco del Granma, escogiera el fusil en lugar del equipo médico. Su personalidad no posee la faz secreta, ese lado oscuro que suelen poseer los grandes personajes de la historia. Contrariamente a Fidel, hombre múltiple, de luces y sombras, el Che es como la luz de mediodía que aplana los volúmenes y quita todo relieve al mundo circundante. Preocupado en extremo por el sentido que buscaba darle a su vida, no se percibía en él una gran preocupación metafísica. Se puede decir que él optó por encarnar la metafísica; su propio cuerpo fue el mediador directo de esa búsqueda.
Desde su niñez, a causa de su enfermedad, mantuvo con el cuerpo y con la muerte una relación de estrecha complicidad. Ese cuerpo, centro privilegiado de las preocupaciones de su madre, devino la sede de su escenario privado, generando esa inclinación precoz de hacer de su vida una auto ficción, terreno feraz en donde fue preparándose el ámbito propicio al surgimiento del mito. Vivía tan pendiente de sí mismo que llegó a amoldar lo real a su sistema imaginario, a someter el mundo a su propio escenario en aras de alcanzar el designio que se había propuesto de antemano, y cual Cristo, alcanzaría plenamente con su muerte: la inmortalidad. Ensimismado en su cuerpo, sede de todos sus fantasmas, cada síntoma, cada manifestación fisiológica la consignaba en los diarios íntimos que, atendiendo a un hábito precoz, llevó a lo largo de su vida. A las manifestaciones de su cuerpo les otorgaba la misma alcurnia que a los acontecimientos de alcance histórico; es una de las singularidades del Diario de Bolivia.
A sus comienzos titubeó entre ser un médico famoso o actor de cine, o escritor, o metamorfosearse en hombre de acción; optó por esto último. Se adjudicó el papel de héroe, investido de una misión salvadora, poniendo su vida al servicio de los otros, y, como es propio al oficio de héroe, arrogándose el derecho de matar en aras de la salvación de otros hombres.
Para el Che participar en los combates significaba un goce y no dudaba en practicar el asesinato ritual; es una de las facetas de su personalidad que precisamente, ponen de manifiesto las diferentes biografías recientemente publicadas. “Cuando tenía en la mira del fusil a un soldado, disparaba sin remordimiento porque sabía que así estaba contribuyendo a luchar contra la represión y a salvar del hambre a los niños que estaban por nacer”, dice a su manera de explicación de esa tendencia que nunca disimuló porque, sencillamente, era incapaz de disimulo. También afirmaba que el revolucionario debía convertirse en una certera arma de matar.
Su necesidad de sentir la experiencia del combate cuerpo a cuerpo lo distingue de un verdadero jefe militar, para quien lo principal es ganar batallas, y no participar directamente en ellas. Cuando esto sucede es porque las circunstancias así lo requieren, y cuando es menester fusilar, ordena que lo haga un pelotón destinado a esos efectos. El Che no dudaba en ejecutar personalmente a traidores o sospechosos de serlo. En la Sierra Maestra, pronto se percató que en tanto extranjero, para alcanzar la legitimidad en el grupo y establecer la autoridad a la que aspiraba, le era indispensable afirmarse ante sus compañeros. El rito de paso, en las circunstancias que impone la guerra, es la infracción colectiva de la ley. Cometer el acto prohibido por excelencia: el derramamiento de sangre - la secreción humana con mayor carga sagrada. Se tiende olvidar, y por ello se la idealiza, que la guerra se hace matando y ese gesto es el ritual que sella entre los hombres la hermandad más intensa; pacto de causa común que le otorga cohesión al grupo.
Ese reto constante de la muerte le proporcionó alcanzar la gran obra maestra que fue la suya propia. En ese enfrentar y dar la muerte, estaba también implícita la misión salvadora de la que se sentía ungido; misión que le autorizaba a violar el tabú mayor: el matar por mano propia, prerrogativa de los héroes según las normas que gobiernan su acción.
No es que ello borre la carga de culpabilidad que ese acto conlleva; al contrario, la acción del héroe aparece justificada, al brindarse éste como receptáculo o portador voluntario de la culpabilidad del acto prohibido que el común de los mortales le delega. Según Roger Callois, cuando surge en la sociedad la necesidad de vengar un estado de humillación, la tendencia es la de recurrir a la mediación del héroe; primer paso hacia el surgimiento del mito: al héroe se le otorga el derecho superior “no tanto al crimen, como a la culpabilidad por delegación”: carga que el común de los mortales rehúsa.
El héroe, al asumir la culpabilidad colectiva, adquiere su condición de mito. El mito es entonces una creación que responde a una necesidad psicológica y es también un instrumento de reconocimiento colectivo; ese papel de mediador le confiere también la calidad de símbolo.
Los mecanismos de la creación y el funcionamiento de los mitos, no sólo en sus componentes afectivos, son la clave para desentrañar la paradoja que representa Ernesto Guevara y su conversión en el Che. Sin embargo, ante todo, es necesario señalar, volviendo a Roger Callois, que “el mito no es atributo exclusivo de un héroe” y que se debe distinguir la “mitología de las situaciones y la de los héroes”.
En el ámbito latinoamericano y en el internacional, la mitología de la situación que ha favorecido el surgimiento del mito del Che, se generó en le contexto histórico de entonces; por ello es necesario volver la mirada a aquel tiempo, volver al pasado para situarlo en lo que, después de todo fue: un hombre de su tiempo.
En América Latina, tras el derrocamiento de Arbenz en Guatemala en 1954, el andar de la historia parecía haberse detenido. Sin embargo dos acontecimientos, casi concomitantes le imprimen a la historia del continente un ritmo de crucero. En 1958, un movimiento civil- militar derroca la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y opta por la instauración de un régimen democrático. Un año más tarde, en Cuba, un movimiento liderado por Fidel Castro derroca la dictadura de Fulgencio Batista e instaura una revolución radical.
Esos dos acontecimientos, que habiendo tomado senderos divergentes, han caminado sin embargo paralelamente - y por cierto ambos en crisis actualmente - proponiendo dos modelos del hacer político y social en el continente. A los cuales se suma más tarde la experiencia chilena de la Unidad Popular que pretendió realizar la síntesis de ambos: justicia social con democracia.
Ambos demostraron rápidamente la voluntad de proyectarse en la escena internacional. En Venezuela, el presidente electo, impulsó la doctrina que lleva su nombre, la doctrina Betancourt, cuyo objetivo era de favorecer la instauración de regímenes democráticos en el continente, negándole reconocimiento diplomático a los gobiernos de facto. Mientras que la Revolución Cubana decretaba, sin tomar en cuentas ni matices ni circunstancias históricas, una única vía, la línea de la lucha armada. Su inmenso prestigio entre las nuevas generaciones, arrastró a muchos jóvenes a sumarse al designio de La Habana. El resultado fue una generación inmolada; ésta, normalmente destinada a tomar el relevo de los políticos de viejo cuño sucumbió en el intento. Aquellos que no murieron, hoy viven la amargura de la derrota. Otros persisten en querer repetir los mismos errores, sin percatarse de que el conocimiento se forja, no en la repetición de lo mismo, sino en el intento de otras vías, en las que, inevitablemente, se cometerán errores, pero serán inéditos, y de allí surgirá una nueva configuración acorde con los retos actuales. De otra forma, se persistirá en las acciones mediático-suicidas, tan comunes en nuestro continente, engrosando así la larga lista de los mártires de la revolución.
Primicias de la vía armada.
El 27 de enero de 1959, - lo prematuro de la fecha reviste singular importancia - tuvo lugar un foro organizado por el PSP (antiguo nombre del partido comunista Cubano) en La Habana. Allí “en el discurso más importante pronunciado por un líder de la revolución, en el que se anunciaban las grandes líneas de la política interna y externa de Cuba, - según apunta su biógrafo americano, Anderson - el Ché diseña los objetivos nacionales e internacionales de la reciente revolución: democracia armada, reforma agraria, confiscación y control de los bienes del mercado en manos extranjeras y un llamado a los países de América Latina para que adoptaran el modelo Cubano de revolución: “Hemos demostrado que un pequeño grupo de hombres (...)que no tiene miedo de morir puede vencer a un ejército regular (...) La revolución no está limitada a la nación Cubana porque ha tocado la conciencia de América”.
Pocos días antes, el 23 de enero de 1959, en el primer viaje que realizara a un país latinoamericano, Fidel Castro proclamó, en un discurso pronunciado en la plaza de El Silencio de Caracas, la guerra de guerrillas continental, pronosticando que, siguiendo el ejemplo de Cuba, la Cordillera de los Andes se convertiría en la sierra Maestra del continente. El Che, por su parte, advierte a los gobiernos que los pueblos latinoamericanos seguirán el ejemplo de Cuba y en el Primer Congreso de Juventudes hace un llamado a la juventud latinoamericana, incitándoles a “contemplar la belleza de la muerte cuando se alcanza mediante el sacrificio colectivo por la liberación”. “No siempre son necesarias las condiciones para hacer la revolución, éstas pueden ser creadas por el foco guerrillero”, afirmó ya en aquella ocasión. Al voluntarismo de las proclamas de lucha, el Che Guevara inculcó la idealización del campesinado como el motor de esa lucha, sentando así las bases de la acción guerrillera en el continente. El foco guerrillero, compuesto por una élite restringida, debía crear las condiciones para formar el ejército de liberación integrado por campesinos. Poco importaba que se tratara de un país petrolero en donde los campesinos habían emigrado a las ciudades, como era el caso de Venezuela; o que los sindicatos campesinos (surgidos tras una revolución que en 1952 realizó una reforma agraria) hubieran firmado un pacto militar-campesino como en el caso de Bolivia, en donde tal vez aquellos que hubieran respondido a su llamado, habrían sido los obreros. Pero el Che desconfiaba de los sindicatos obreros, considerados por él como pequeño burgueses preocupados por reivindicaciones saláriales.
En el plano internacional la combustión en el llamado Tercer Mundo, había llegado al paroxismo: guerras anticoloniales en el África, guerra de Vietnam, masacres de comunistas en Indonesia, intervención norteamericana en Santo Domingo etc. contexto poco propicio al discurso moderado, pero sí las expectativas del Che que preconizaba el enfrentamiento violento de los débiles contra los países más poderosos. Contra la supremacía de Estados Unidos, pero también contra la URSS, por faltar a su deber de internacionalismo con los países oprimidos. Por ello la guerra que intentaba librar tenia para él un doble objetivo: vencer a la potencia norteamericana, pero también obligar a los países socialistas a volver a la senda de su vocación primigenia, rehabilitándose de su traición a los principios.
Al desencadenarse una situación bélica suficientemente amplia, a la URSS no le quedaría otra opción que la de volver al redil de la revolución. Que los países socialistas tuvieran intereses de Estado era algo inadmisible para el Che; su obligación era la de prestar una ayuda incondicional y a fondo perdido.
La postura de países asistidos ha calado muy hondo, sobre todo, en el pensamiento de izquierda latinoamericano. La creencia de que los países poderosos están obligados a ayudarnos por haber explotado nuestras riquezas naturales, sin que medie la noción de rentabilidad y menos aún la de trabajo, ha quedado plasmado en el célebre libro de Eduardo Galeano, las Venas abiertas de América latina: eficacia, competitividad, son nociones ajenas a esta postura. Hoy, la configuración de esa reivindicación de pueblos asistidos ha cobrado realidad; las potencias se han percatado de lo ventajoso que es convertir a los pueblos en indefinidamente pobres receptores de caridad, encargando a miembros de las elites nacionales de administrar esa caridad. Así los pobres se mantendrán en la posición de subalternos, alejados de la noción de ciudadanos con derechos y deberes, mientras que las elites preservan su estatus de élites. Las ONG son los vectores del comercio de la caridad que satisface a todos, perennizando así la dinámica el amo y del esclavo, modelo de funcionamiento de la sociedad que se instauró tras haberse independizado América Latina de España; para no remitirme más lejos en la historia.
El atrevimiento del Che de empuñar las ramas - ese símbolo fálico por excelencia -, de enfrentarse simultáneamente a los países más poderosos del planeta, generó en América Latina un sentimiento de rehabilitación nacional a escala continental que generó una revalorización de la imagen masculina del hombre latinoamericano, tan maltrecha por el papel subalterno que le he tocado jugar ante la eficiencia del poderoso Norte pragmático y eficiente.
Mientras que en el contexto occidental, el mito del Che adquiere vigencia debido a la acción que ese tipo de representaciones colectivas ejerce sobre los individuos: éstas, al transformarse en mitos, provocan una suerte de convergencia afectiva, independientemente de los espacios geográficos y de los parámetros culturales, hasta llegar a convertirse en la historia de todos; esa historia que forma la memoria de todos los pueblos. Y en ese orden de ideas no está de más recordar que los principios que sustentan el mito del Che, sintetizan los valores del patriarcado. Y ante los síntomas de fragilidad que manifiesta hoy el modelo de comportamiento masculino; y ante el debilitamiento de puntos de referencia identitarios masculinos, el mito del Che por su poder como factor de identificación, aparece como un modelo de referencia que reconforta valores patriarcales que se han ido paulatinamente, debilitando.
Del aparato simbólico guevariano ha quedado excluido totalmente lo femenino. Sin madre que acogiera su cuerpo en el momento de su muerte; sin Verónica que le enjugara el rostro: sólo queda que el tiempo demuestre el fin d una ilusión.
Tras la muerte del Che los innumerables intentos de lucha armada que se sucedieron en el continente, y las diferentes muestras de nostalgia, constituyen la expresión de un duelo que aún está por hacerse. Lo que demuestra lo poco fieles a las propias enseñanzas de Ernesto Guevara que son sus admiradores pues se niegan a considerar desde una perspectiva histórica el episodio guerrillero ocurrido en Bolivia: no era propio de Ernesto Guevara dejar pasar los acontecimientos sin someterlos antes a un despiadado análisis.

París, octubre 1996.
Fuente:http://che-guevara.awardspace.com/che_deconstruccion_de_un_mito.htm 
Publicado por Redacción LiberPress en 8:30:00

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Ernesto Guevara de La Serna -

De la Introducción del Autor: Este libro trata en primer término de la vida de Ernesto Guevara de la Serna desde su niñez hasta 1956. Asimismo, y concediéndole más importancia que a lo puramente biográfico, bastante conocido por lo demás, se examinan sus posiciones políticas y sus pensamientos, estos últimos sin una delimitación temporal precisa o infranqueable.
Respecto de lo primero, no caben dos enfoques diferentes. La existencia de este personaje fue lo que fue, y el historiador debe narrarla, hasta donde la conozca, con la mayor exactitud posible, sin apegarse a mitos, filias o fobias ideológicas. Por supuesto que el cronista también tiene algún derecho a emitir su parecer sobre esos sucesos; pero noentremezclándolo con ellos, de modo de confundir al lector.
Muy diversa es la consideración de las ideas (religiosas, filosóficas, políticas, sociales, etc.) del protagonista. Acá, además de la exposición, corresponde la crítica; esto es, manifestar un juicio positivo o negativo acerca del valor de aquellas. Para lo cual, el autor debe comenzar por fijar sus propios principios básicos, a fin de que el lector sepa a qué atenerse. Por lo tanto, ya declaramos ser cristianos- católicos en el plano religioso, seguidores del realismo metódico 3en el campo filosófico, admiradores del pensamiento político clásico nacido en la tradición europea occidental, y firmes militantes del nacionalismo defensivo argentino.
Como es evidente, tales principios no sólo son contrarios, sino exactamente contradictorios con los que sostuvo Ernesto Guevara de la Serna, ateo, inmanentista, marxista e internacionalista definido. Luego, que sirva la presente advertencia de notificación suficiente. Por manera tal que el lector no se sorprenda al encontrarse con opiniones adversas a las emanadas del biografiado. Claro está que unas y otras tratarán de ser expuestas con la correspondiente y respectiva honestidad intelectual (que no “objetividad”, que sólo cabe ante los hechos).
De aquello no se infiere que hayamos compuesto una biografía anti-Guevara. No. Más bien se podría decir que es un estudio crítico o contra-mitología guevariana. Evidentemente, pues, no será éste un libro más sobre “el Guerrillero Heroico” (denominación acordada por la hagiografía cubana). Ni -y esto por simples razones temporales- un relato sobre la muy respetable gestión militar del “Che Comandante”, toda vez que acá nos despedimos de él en el puerto de Tuxpan, México, cuando se embarcaba en el “Granma” hacia Cuba.
Entonces, surge una pregunta evidente: ¿por qué nos ocupamos de una personalidad tan distante de nuestra cosmovisión?
La respuesta también es obvia. Porque, contrariando sus ideas igualitaristas, Ernesto Guevara de la Serna fue un hombre entre mil, fuera de serie, un sujeto excepcional, digno del mejor de los estudios que se pueda brindar a una figura humana peraltada. Su coraje intachable y su voluntad acendrada, solos, merecen el más considerado examen.
Una segunda consideración surge de la eventualidad de haber dado con la que entendemos que es una clave en la vida del personaje. Aristócrata, aventurero y comunista. Los tres datos, en diversa proporción, han sido reconocidos por la ingente bibliografía relacionada con el caso. ¿Entonces: qué? ¿Dónde está la originalidad? En lo siguiente. En primer término, sostenemos que los dos primeros factores son hereditarios (la aristocracia, socialmente, desde ambos padres; el aventurerismo, genéticamente, de sus abuelos paternos). En tanto que el tercero, el ideológico, también fue recibido en el interior de la familia materna. Empero, lo más peculiar viene después. El factor aristocrático incide sobre el ideológico para configurar el “hombre nuevo” (“Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos”). El aventurerismo, por extensión geográfica y conexión ideológica, deviene en “internacionalismo”. Luego, el marxismo originario, amalgamado con los otros dos elementos, genera el “guevarismo”, tan peculiar, que no ha podido ser imitado por ningún émulo. Lo más interesante: que tal fusión no adviene por mezcla sino por combinación.
Y, por fin, que dicho combinado es dinámico y se fragua durante el acontecer juvenil del personaje. Motivo suficiente para fijar los límites temporales de nuestra obra (1928-1956).
He ahí nuestra tesis. Tal el análisis que intentaremos. Enrique Díaz Araujo PAG. : 424 Precio: $ 49
Autor: Enrique Díaz AraujoPágs: 424 Precio: $49
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El verdadero Che Guevara

CARLOS ALBERTO MONTANER

El Nuevo Herald -25 de mayo de 1997 -Madrid - A los treinta años de su muerte hay cierta curiosa urgencia por saber quién fue realmente el Che Gevara, qué ideas se alojaban bajo su emblemática boina, o cómo era su peculiarísima visión del mundo. De ahí el aluvión de artículos que inunda la prensa y la media docena de biografías oportunamente puestas a la venta en todas las librerías del planeta. Es algo así como la exhumación del cadáver para practicar la autopsia definitiva. ``Chemanía´´, le ha llamado a este fenómeno un periodista cubano. ¿Contribuye esta Chemanía a la mayor gloria del médico/guerrillero cubano-argentino? No lo creo. Al Che le iba mejor en los carteles que en los papeles que van apareciendo. Por un paradójico mecanismo de iconofagia, probablemente sin pretenderlo, el Che se apropió de la más reconocible imaginería cristiana y la puso al servicio de su cruzada revolucionaria. Ese es el secreto de la famosa foto de Korda, en la que aparece un Che vivo y conspirando, con aquella mirada desafiante de Cristo colérico después de arrojar a los mercaderes del templo, a la que luego se suma, su imagen final, ya muerto, con el torso desnudo, flaco, acostado en una mesa, con una expresión extrañamente plácida, como si acabaran de bajarlo de la cruz para descansar eternamente a la diestra de dios Lenin. Por eso los humilde campesinos bolivianos de la remota zona en la que lo ajusticiaron se apresuraron a rezarle y a ponerle flores a la fotografía. Ninguno lo ayudó en la aventura guerrillera, ninguno se le sumó, cien lo delataron, nadie entendía aquella rarísima jerigonza marxista-leninista, pero cuando una y otra vez aparecieron las imágenes en la prensa, funcionaron los viejos mecanismos reflejo de la idolatría. Dios te salve, Che Guevara. A los pocos meses de su muerte comenzaron a ponerle velas y a pedirle que le aliviara el dolor de vientre a la abuela postrada en una cama. Y para mayor inri, hasta desapareció el cadáver. El juicio histórico ha sido equivocadamente generoso con Guevara. La `Chemanía´ ignora la crueldad, el dogmatismo, los fracasos del guerrillero. Con la prosa el asunto se ve desde otra perspectiva. El periodista Jon Lee Anderson, por ejemplo, acaba de publicar un magnífico tomazo de ochocientas páginas --Che: a revolutionary life-- absolutamente objetivo, en el que los abrumadores datos que revela y los testimonios que aporta, incluidos los de los familiares y amigos del Che, inevitablemente conducen a formular en cualquier lector imparcial una opinión muy negativa del aventurero argentino. ¿Cómo era la personalidad del Che? Fue, en esencia, una persona inteligente y amante de la lectura, a caballo entre el intelectual y el hombre de acción, pero --al mismo tiempo-- inflexible, rígida, petulante, dogmática, incapaz de admitir puntos de vista diferentes, siempre dispuesta a despreciar al adversario. De origen familiar absolutamente burgués, sin embargo le regocijaba escandalizar a su entorno social. Por su estudiado desaliño --se cambiaba de camisa una vez a la semana--, de joven mereció el calificativo de ``El Cerdo´´. Odiaba tanto los convencionalismos, las jerarquías, la estratificación y las normas habituales de comportamiento que, sin advertirlo, acabó odiando los fundamentos mismos de la sociedad de su tiempo y se propuso participar activamente en su demolición. ¿Por qué era tan injusto y pernicioso el mundo en el que le había tocado vivir? ¿Por qué había tantos pobres y desheredados de la fortuna? La respuesta la encontró el Che Guevara en el catecismo de los revolucionarios latinoamericanos de su tiempo: la culpa la tenían los norteamericanos, el odiado imperialismo, y sus lacayos y aliados de la burguesía local. Y, naturalmente, cuando tales creencias encajaron en su peculiar sicología, se mezclaron con algunos simplistas papeles extraídos de la vulgata marxista, y fueron rematados con la certeza de que el planeta se movía hacia un radiante destino comunista, la consecuencia resultó inevitable: el Che devino un convencido estalinista de los pies a la cabeza. Tanto, que en algunas de sus cartas íntimas no vacila en firmar ``Stalin II´´. Es cierto que a mediados de los 60, tras sus incursiones guerrilleras en Africa, el Che terminó por chocar públicamente con la Unión Soviética, pero --como se desprende del libro-- ese encontronazo fue por las malas razones, no por las buenas. Lo que el Che censuraba de Moscú no era la falta de libertad, ni los gulags, ni la minuciosa irracionalidad económica del sistema comunista, sino la falta de apoyo decidido a los movimientos revolucionarios armados. El Che jamás dijo o escribió una palabra de condena al totalitarismo, y mucho menos cuestionó las supuestas bondades del marxismo. Sus conflictos con la URSS --o los que tuvo con Castro-- siempre fueron de orden estratégico, nunca éticos, político-doctrinales. Era, y fue hasta su muerte, más estalinista que el propio Stalin. La observación es importante, porque la percepción general de la figura del Che ha sido mucho más benévola que la que, en verdad, merecía. ¿Por qué ese juicio extremadamente generoso? También por las malas razones. Porque fue un hombre valiente dispuesto a morir en defensa de sus creencias, algo que --por ejemplo-- también podía decirse de Hitler o de Mussolini. O porque fue un hombre honrado que no aceptó privilegios y siempre estuvo dispuesto al sacrificio, pero esa coherencia, que siempre es apreciable, sólo puede juzgarse en relación con los objetivos que se obtienen y con los medios que se utilizan. La reciente guerra civil en lo que fuera Yugoslavia está llena de ejemplos de abnegados patriotas serbios que lo sacrificaron todo, incluida la vida, con el objeto de aniquilar con la mayor saña posible a sus enemigos bosnios. El ``caso´´ del Che debe servir, precisamente, para aprender la más importante lección moral que jamás deben olvidar los adultos: los juicios éticos sobre la actuación de las figuras públicas nunca deben formularse sobre las intenciones que abrigaron, sino sobre los medios empleados y sobre los fines obtenidos. Lograr un mundo más justo --como el que presumiblemente quería el Che-- podía ser una aspiración legítima, pero si fundamentó su esfuerzo en el error intelectual --el marxismo--, si recurrió a la violencia y al crimen para conseguirlo, y si en el camino contribuyó al establecimiento de una atroz y empobrecedora dictadura, ninguna persona honesta puede exonerarlo de sus gravísimas responsabilidades. No fue, simplemente, un profeta fracasado. Fue un hombre profundamente equivocado que hizo muchísimo daño por defender sus ideas atrabiliarias. Eso lo prueba este libro fríamente demoledor.

© Firmas Press
Publicado por Redacción LiberPress en 8:29:00 

El desprecio del Che hacia la raza negra era ponzoñoso y maligno

Una mirada incisiva sobre Ché

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - octubre (www.cubanet.org ) - Mario Vargas Llosa, en un artículo sobre Ernesto Guevara de la Serna, dice: "Un ser que de histórico pasa a ser mítico no es juzgado con criterios racionales sino mediante actos de fe y de ilusión. Es el caso de Ché". Me acojo a la máxima del gran escritor, pero sé que el comandante guerrillero fue convertido en icono por intereses políticos. Su santificación aún es financiada por el gobierno cubano y diseñada por los propagandistas del Partido Comunista que rige la isla hace medio siglo. Más que un héroe fabricaron un producto de mercado mediante libros, fotos, coloquios, artículos, filmes y discursos apologéticos.

Pero la distorsión de la biografía y de los hechos que enrolaron a Guevara tropieza ahora con un libro incisivo de Marcos Bravo, nombre de guerra de Pedro Manuel Rodríguez, quien luchó en las filas del Movimiento 26 de julio durante la dictadura de Batista y se opuso después al régimen comunista instaurado por Fidel Castro. La obra de Bravo es resultado de una larga investigación, cotejos y reflexiones. Se titula La otra cara del Che. Ernesto Guevara, un sepulcro blanqueado.
Es un texto polémico y bien escrito de 558 páginas, estructurado en ocho capítulos y un epílogo, lo cual permite al autor analizar cada una de las etapas vitales del personaje, sin magnificar su desempeño como hombre, guerrillero o funcionario político y gubernamental. Fue publicado por la editorial colombiana Solar y apareció en Bogotá en 2004. En Cuba ha sido prohibido pues desmonta las verdades encubiertas por los creadores del mito de Ché, a quien Bravo considera como "el extranjero que más daño ha causado a la nación cubana después del general español Valeriano Weyler".
Al exponer sus datos, el autor sacude la leyenda rosa de Ché y devela el rostro oculto de un embaucador, al que califica de falso economista, falso médico y guerrillero mediocre. Hacer un paralelo con Fidel Castro, no obstante la contradicción psico-social, de "riqueza sin clase en el cubano y de clase sin riqueza del argentino", que deriva en ambos en un conflicto de odio y resentimientos contra todo lo socialmente establecido.
Guevara, nos apunta Marcos, nunca se gradúa de médico, ya que no existe una sola entrevista a ninguno de sus compañeros de curso, ni de sus profesores. Tampoco hay foto alguna, ni el más mínimo testimonio de su graduación. Y mucho menos el expediente académico de la supuesta universidad donde debió cursar estudios.
La otra cara del Che, con precioso detallismo y vigor literario, resalta los aspectos más negativos del biografiado. Entre ellos, el perenne narcisismo, puesto de relieve en el afán por ser fotografiado y que lleva al paroxismo en medio del naufragio del Granma. O de sus condiciones de verdugo desde los primeros momentos de la lucha en la Sierra, al dispararle en la cabeza al traidor Eutimio Guerra, acción que ejecuta sin pedírsela nadie y que le aporta una mayor consideración de Castro; a quien aprendió bien temprano a no contradecir -aunque dijera lo más disparatado- y dejarlo ganar siempre, en cualquier cosa o competencia.
Guevara, resalta el autor, desconocía la historia de Cuba y el complejo entramado político y social del país, por lo cual planeó el asalto a los bancos de Santa Clara antes de tomar la ciudad, en 1958. Adoptó después medidas que afectaron la industria y la economía insulares. Reitera el afán del biografiado por criticar y ofender a quienes le rodeaban; su carácter impenetrable de jefe duro e indiferente, alejado de sus hombres en los campamentos, en los que aseguraba el mate y llenaba las despensas. Destaca el por qué nombran a Guevara al frente de la fortaleza La Cabaña, sede de la mayoría de los fusilamientos.
Aprecia Bravo que, para la realidad cubana, la más desatinada e irresponsable de las aventuras de Che fue su aceptación de la investidura como Presidente del Banco Nacional y, después, Ministro de Industria; cargo del que fue defenestrado por el propio Castro, ante la incompetencia y fracaso de su política económica, que lo hace caer en desgracia; de ahí su designación como delegado de Cuba en la ONU para pronunciar un discurso en la Asamblea General. Acto seguido inicia un extenso recorrido por la Unión Soviética y por algunos países de África, con el fin de explorar las posibilidades de acciones revolucionarias.
El autor valora el periplo de Guevara, su discurso en Argel, donde critica la política de los soviéticos y les exige que paguen el desarrollo de los países en vía de liberación, lo cual puso en guardia a la embajada de la URSS en La Habana, ante cuyas amenazas económicas se acentúa la desgracia del argentino. Valora que al regresar a Cuba no recibe cargos oficiales, hasta que parte, en el más absoluto misterio, al fracaso de la imposición insurreccional en África; otro descalabro como la guerrilla de Masseti, orientada por él en Argentina.
La precipitada salida del Congo lo lleva a Europa, donde es sostenido por el gobierno cubano. De nuevo, bajo las siete llaves del más recóndito secreto regresa a Cuba. Se entrena con subordinados escogidos para la última de sus frustradas aventuras: Bolivia.
La imposición de la guerrilla al país andino desde fuera, sin tener en cuenta las realidades nacionales y autóctonas trajo confrontaciones y dificultades que fueron incrementándose gradualmente hasta que Ché se entrega -para salvar la vida- a los soldados bolivianos que lo seguían, quienes no vacilan en matarlo días después, lo cual favorece su conversión en paradigma revolucionario.
El escritor precisa al respecto, que el fusil M-1 con el que Ché se rinde, no es el suyo, sino el de su compañero, el guerrillero boliviano Willy, con quien lo cambia para justificar su entrega sin combatir, pues el usado por él, como el de los demás jefes, era un M-2 en buen estado. Su pistola de 9 milímetros disponía de todas sus balas al cederla. La herida en la pierna fue un rasguño a sedal que no le impedía caminar. Y al instante de entregarse dijo: "No disparen, soy el Che Guevara". No peleó hasta la última bala, como les exigió a sus subordinados, quienes sí cumplieron el encargo y entregaron sus vidas en pos de una ilusión imposible y extranjerizante.
Al releer este libro que circula a hurtadillas en la Isla, corroboramos algunas certezas. Quienes crecimos bajo consignas y prometimos ser como Ché desde el primer grado, ahora disfrutamos una biografía más humana y veraz sobre el Cid campeador exportado por los pregoneros de nuestro sistema. La otra cara del Che puede sacudir el hechizo de los seguidores de ese caballero andante en otras latitudes. Tal vez los argentinos -partidarios del coronel Juan D. Perón y del comandante Ernesto Guevara- comiencen a cansarse de tantos héroes y molinos de vientos.


Publicado por Redacción LiberPress en 8:15:00  

sábado, 5 de abril de 2014

Todo lo que aprendí de mi abuela gallega


POR EMILIO DI TATA ROITBERG ESCRITOR. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “EL OSO” Y “MOSQUITA MUERTA”. 05.04.2014  clarin

Rígida, emprendedora, brava. Ella no tenía buena fama en la familia: el nieto la había visto apenas un par de veces. Pero a los seis años debió ir a vivir con ella y descubrió a una mujer que, luego de un fracaso, sabía cómo empezar de nuevo.


                                  Qué había llevado a la abuela Amelia a dejar la Capital e irse a vivir sola al campo? Mi abuela tenía fama de brava. Era una gallega de modales enérgicos, por no decir bruscos, que decía lo que pensaba, y a las disputas con las vecinas las solía terminar de un sartenazo. Estaba peleada con casi todos los hijos y nueras, y a muchos de sus nietos ni los conocía. Yo la había visto un par de veces solamente.
Daba la impresión de estar siempre enojada. Sus ojitos azules parecían los de un águila a punto de atacar.
La conocí mejor el verano que pasé con ella en J. J. Almeyra, un pueblito casi inexistente de la provincia de Buenos Aires. Almeyra no tenía ni una calle asfaltada, y a la casa de mi abuela no llegaba la electricidad. Cuando mi papá me llevó en el Rastrojero y me dijo que iba a quedarme ahí hasta que mamá se repusiera, se me fue el alma al suelo. No imaginaba mi vida sin Los Tres Chiflados o El Chavo, como un nene de hoy no se debe imaginar su vida sin jueguitos por Internet. Sin contar que la abuela Amelia me daba un poco de miedo. Era “mi otra abuela”, en contraposición a la viejita dulce y tierna que vivía a dos cuadras de mi casa. Está por llover, dijo mi papá, mejor me voy antes que se haga un barrial.
Ahí quedé. A la falta de televisión la compensé con otras novedades:corretear por los yuyales, tomar el agua fresquita de la bomba y prender las velas al anochecer. Mi abuela tampoco resultó tan terrible. Nos hicimos compinches enseguida. La acompañaba a ordeñar la vaca, a podar los frutales. A los huevos les poníamos la fecha con una fibra para saber cuál comer primero. Para paliar el síndrome de abstinencia, algunas tardes me iba a ver los dibujitos a lo de doña Irmita, una señora del pueblo que tenía luz y con la que mi abuela no estaba del todo peleada.
Mi abuela tenía espíritu emprendedor. Siempre estaba planeando algún nuevo negocio, aunque no siempre le salían bien. Estaba muy sola, en ese aspecto. Mi abuelo fue siempre un hombre tranquilo, poco inclinado a acompañarla en sus aventuras, y la empresa que más tarde montó con sus hijos mayores terminó en una tremenda disputa y una hipoteca imposible de levantar.
Con los restos del naufragio mi abuela compró el campito en J. J. Almeyra, donde planeaba volver a empezar. Nunca se había sentido a gusto en la ciudad, decía, y la vida de campo la hacía feliz. Mi abuelo Emilio, ávido lector y urbano hasta la médula, prefirió quedarse en Buenos Aires. Se veían cada dos o tres semanas.
Por Almeyra pasaba el tren una vez al día, un tren de trocha angosta que hacía escala en todos los tambos. Una mañana lo tomamos. Pastos verdes, vacas, puentes de hierro con remaches, estaciones con nombres rimbombantes... Nos bajamos en Libertad y esperamos el colectivo. Mi abuela le dijo al chofer: Dosh boletus a Leniéresh . ¿Adónde? Mi abuela hablaba una mezcla de gallego y criollo muy particular. A la gente la trataba un rato de usted y un rato de che. A los nombres de los lugares y a las personas los modificaba a su gusto, y se enojaba si no la entendían.
¡Leniéresh, donde está el mercadu!
¡Ah, Liniers! El colectivo iba lleno. Un hombre se paró y le dijo a mi abuela: Sientesé, abuela. Mi abuela lo miró de arriba abajo y le contestó: ¿Por qué me dezís abuela? Yo no shoy abuela tuya. Que yo sepa, ostéy yo no tenemus ningún parentescu … Prefirió quedarse parada, y eso que el viaje era largo. De ahí aprendí a no decirle nunca abuelo a ningún viejito.
Hasta el día de hoy no sé a qué atribuir la actitud de la abuela Amelia, su manera de encarar la vida siempre con los tapones de punta. Será porque recibió muchos sopapos desde que salió de su aldea, o porque a pesar de sus esfuerzos nunca había podido lograr una posición desahogada. De sus seis hijos sólo tenía contacto con los dos más chicos, mi tía Norma y mi papá, que no participaron del negocio familiar. Con los vecinos no se llevaba para nada, pero la gente pobre de Almeyra y de su antiguo barrio la quería, porque siempre estaba dispuesta a ayudar y a compartir con ellos lo poco que tenía. Había aprendido a leer ya de grande, y se había convertido en una alfabetizadora vocacional. Les enseñaba a leer a los chicos que no habían podido ir a la escuela, sin cobrar nada –aunque dándoles unos buenos coscorrones si eran muy duros de mollera–.
Ven, rapaziño , me dijo. Habíamos llegado: el Mercado de Frutas y Hortalizas de Liniers, un galpón más grande que la Iglesia de Luján. Caminamos entre bolsas de papa negra y papa blanca, bolsas de red con zanahorias, cajones de tomates apilados casi hasta el techo. Sonaba un tangazo en la radio. Un estibador con el pecho desnudo coreaba la letra mientras voleaba las bolsas de setenta kilos.
Había que moverse con cuidado. Zorras cargadas hasta el tope pasaban rechinando las ruedas. Camiones y camionetas se acomodaban marcha atrás. Mi abuela me llevaba bien agarrado, para que no fuera a terminar aplastado. Me hacía sentir seguro el contacto con su mano, blandita por fuera pero firme como el hierro.
Che, vosh … ¿dónde eshtá el Cabrera?, le preguntó a un hombre que pasaba con un cajón al hombro. Cabrera, Cabrera… el tipo se rascó la cabeza.
Todu’l mundu lo conoce, le dicen El Negritu ... ¡Ah, usted dice Cabral! ¿Y qué te eshtoy diziendu, hombre de Diosh ? El Negrito Cabral era un morocho gigantesco que hablaba por walkie talkie, un aparato que hasta ese momento yo había visto únicamente en las películas de guerra. Sólo la Triple A y los Montoneros tenían en ese tiempo un equipo tan sofisticado. Y el Negrito Cabral, que recibía las cotizaciones de verdura al instante. La remolacha subía 200 pesos, la batata bajaba 100… Un pibe anotaba con tiza los números en la pizarra. Detrás de un escritorio, entre cajones de repollo, una secretaria decía: “Ahora mismo no lo puede atender, ¿puede llamarlo en diez minutos?”.
El Negrito Cabral era un magnate de la compra y venta de verduras, pero a mi abuela la trataba de igual a igual. Qué hacés Gallega, le dijo.
¿Cómo andásh, Negritu?
El Negrito Cabral tenía en la cabeza el mapa completo de la Argentina, sabía qué tierra era la mejor para tal o cual cultivo, si había llovido o hacía seca en tal región, qué convenía sembrar. ¿Dónde tenés el campo vos, Gallega? En Jota Jota Almeyra. ¿Adónde? (Ni el Negrito Cabral lo conocía). A veinte kilómetrush de Navarro. Ah… ¿y cuántas hectáreas podés plantar?
Cincu . El Negrito se quedó pensativo: debía ser un volumen muy por debajo al que estaba acostumbrado. Dio una chupada a la bombilla y dictaminó: zapallo. ¿Zapallo? Sí. Plantá zapallo inglés y avisame cuando los tengas. Sacó un fajo de billetes y separó varios de los grandes. Mi abuela hizo un rollo y se lo metió en el corpiño. Eso fue todo. El Negrito no le pidió recibo. No sabía su dirección, ni cómo se llamaba. Yo no comprendía el negocio.
¿Por qué te dio tanta plata el Negrito Cabral?
, le pregunté cuando volvíamos en el tren. Para que compremos la semilla y aremos el campo. ¿Y de quién van a ser los zapallos? De él. No me gustan los zapallos, dije, y era verdad. No me gustaban para nada. No importa, dijo mi abuela. No son zapallos para comer, son zapallos para hacer plata.
Trataba de darme una lección de vida, supongo, mostrarme cómo con pocos recursos y algo de ingenio uno podía hacerse unos pesos. Mi abuela contrató a un hombre que tenía tractor, que en una mañana aró las cinco hectáreas, más otras dos que ella decidió plantar por su cuenta. Entre los dos pusimos las semillas y las tapamos con tierra. Las cuidamos de los pájaros, y cuando dejó de llover regamos cada surco con agua de la bomba llevada en carretilla y en baldes. Mi abuela cuidó las cinco hectáreas del Negrito tan bien como las dos suyas, ycuando llegó la tormenta rezó para que el viento no rompiera las plantas. Para el fin del verano había unos zapallos espectaculares, grandes como mesas. Mi abuela bailaba en una pata. Literalmente. Bailaba la jota y cantaba Airiños, airiños aires, airiños da miña terra… , de Rosalía de Castro.
En Almeyra no había teléfono, el marido de doña Irmita nos alcanzó en la Ford hasta Suipacha. Entramos a un bar en el que dejaban usar el teléfono. Mi abuela me pidió un submarino y discó el número en uno de esos viejos teléfonos de disco. Chic, taca taca taca taca… La secretaria del Negrito Cabral le pidió que volviera a llamar en diez minutos. Al fin se comunicó. Hola, ¿Cabrera? La vi anunciarle como un triunfo que los zapallos ya estaban, y la cara que ponía cuando él le respondía.
Algo andaba mal.
Me acerqué, se escuchaba bien clarito lo que decían. Al parecer, el precio del zapallo había caído tanto que ni siquiera valía la pena mandar un camión a buscarlos. No puede ser, decía mi abuela, son unus zapashus hermosus… El campo es una ruleta, Gallega, a veces se gana y a veces se pierde. ¿Y ahora qué hagu ?, preguntó ella, la mano crispada como una garra en el auricular. ¿No conocés a alguno que tenga chanchos? Y bueno, vendelos como alimento para chanchos.
Algo te van a dar. Mi abuela se había quedado sin palabras. Vení a verme en setiembre, Gallega, dijo el Negrito, por ahí tenemos más suerte.
Hicimos el viaje de vuelta en silencio. Yo dije: Nunca me gustaron los zapallos.
Esa misma semana vino el chanchero con sus chanchos. Hubo que partir los zapallos con un martillo, la cáscara era tan dura que por más que hocicaban no los podían abrir.
¡Una ruleta!, murmuraba mi abuela.
Claro, alguien como el Cabrera podía darse el lujo de perder una cosecha, pero ella… Los chanchos se hicieron un festín, no quedó un zapallo ni de muestra. O mejor dicho sí: dos zapallos que mi abuela separó, uno para ella y otro para mi mamá. El chanchero le tiró unos mangos y se fue con su tropa. Mi abuela dijo que con la caca de los cerdos el campo había quedado bien abonado. ¿Qué convendría plantar esta vez?
Creo que sí me dio una lección de vida, al final. No cómo funciona la ley de la oferta y la demanda sino cómo no hay que llorar sobre la leche derramada y cómo arrancar de nuevo cuando todo sale mal.
Mis papás vinieron a buscarme, finalmente, con una hermanita recién nacida. Esa era la razón por la que mamá debió guardar cama tanto tiempo. Mi abuela preparó una comida gallega y de postre sirvió zapallo en almíbar. ¿Zapallo dulce? Me negué a probar esa hortaliza traidora, pero al fin accedí. Era la cosa más dulce del mundo. Como mi abuela.
¿Vishte que t’iban a goshtar?
, me dijo. Le di razón.
Qué bueno que a ése no se lo habían comido los cerdos.



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