sábado, 5 de abril de 2014
Todo lo que aprendí de mi abuela gallega
POR EMILIO DI TATA ROITBERG ESCRITOR. ENTRE SUS LIBROS
FIGURAN “EL OSO” Y “MOSQUITA MUERTA”. 05.04.2014 clarin
Rígida,
emprendedora, brava. Ella no tenía buena fama en la familia: el nieto la había
visto apenas un par de veces. Pero a los seis años debió ir a vivir con ella y
descubrió a una mujer que, luego de un fracaso, sabía cómo empezar de nuevo.
Qué había llevado a la abuela Amelia a dejar la Capital e irse a vivir
sola al campo? Mi abuela tenía fama de brava. Era una gallega de modales
enérgicos, por no decir bruscos, que decía lo que pensaba, y a las disputas con
las vecinas las solía terminar de un sartenazo. Estaba peleada con casi todos
los hijos y nueras, y a muchos de sus nietos ni los conocía. Yo la había visto
un par de veces solamente.
Daba la impresión de estar siempre
enojada. Sus ojitos azules parecían los de un águila a punto de
atacar.
La conocí mejor el verano que pasé con ella en J. J. Almeyra, un
pueblito casi inexistente de la provincia de Buenos Aires. Almeyra no tenía ni
una calle asfaltada, y a la casa de mi abuela no llegaba la electricidad.
Cuando mi papá me llevó en el Rastrojero y me dijo que iba a quedarme ahí hasta
que mamá se repusiera, se me fue el alma al suelo. No imaginaba mi vida
sin Los
Tres Chiflados o El Chavo,
como un nene de hoy no se debe imaginar su vida sin jueguitos por Internet. Sin
contar que la abuela Amelia me daba un poco de miedo. Era “mi otra abuela”, en
contraposición a la viejita dulce y tierna que vivía a dos cuadras de mi casa.
Está por llover, dijo mi papá, mejor me voy antes que se haga un barrial.
Ahí quedé. A la falta de televisión la compensé con otras
novedades:corretear por los yuyales, tomar el agua
fresquita de la bomba y
prender las velas al anochecer. Mi abuela tampoco resultó tan terrible. Nos
hicimos compinches enseguida. La acompañaba a ordeñar la vaca, a podar los
frutales. A los huevos les poníamos la fecha con una fibra para saber cuál
comer primero. Para paliar el síndrome de abstinencia, algunas tardes me iba a
ver los dibujitos a lo de doña Irmita, una señora del pueblo que tenía luz y
con la que mi abuela no estaba del todo peleada.
Mi abuela tenía espíritu emprendedor. Siempre estaba planeando
algún nuevo negocio, aunque no siempre le salían bien. Estaba muy sola, en ese
aspecto. Mi abuelo fue siempre un hombre tranquilo, poco inclinado a
acompañarla en sus aventuras, y la empresa que más tarde montó con sus hijos
mayores terminó en una tremenda disputa y una hipoteca imposible de levantar.
Con los restos del naufragio mi abuela compró el campito en J. J. Almeyra, donde planeaba
volver a empezar. Nunca se había sentido a gusto en la ciudad, decía, y la vida
de campo la hacía feliz. Mi abuelo Emilio, ávido lector y urbano hasta la
médula, prefirió quedarse en Buenos Aires. Se veían cada dos o tres semanas.
Por Almeyra pasaba el tren una vez al día, un tren de trocha
angosta que hacía escala en todos los tambos. Una mañana lo tomamos. Pastos
verdes, vacas, puentes de hierro con remaches, estaciones con nombres
rimbombantes... Nos bajamos en Libertad y
esperamos el colectivo. Mi abuela le dijo al chofer: Dosh
boletus a Leniéresh .
¿Adónde? Mi abuela hablaba una mezcla de gallego y criollo muy particular. A la
gente la trataba un rato de usted y un rato de che. A los nombres de los
lugares y a las personas los modificaba a su gusto, y se enojaba si no la
entendían.
¡Leniéresh, donde está el mercadu!
¡Ah, Liniers! El colectivo iba lleno. Un hombre se paró y le
dijo a mi abuela: Sientesé, abuela. Mi abuela lo miró de arriba abajo y le
contestó: ¿Por qué me dezís abuela?
Yo no shoy abuela tuya. Que yo sepa, ostéy
yo no tenemus ningún parentescu …
Prefirió quedarse parada, y eso que el viaje era largo. De ahí aprendí a no
decirle nunca abuelo a ningún viejito.
Hasta el día de hoy no sé a qué atribuir la actitud de la abuela
Amelia, su manera de encarar la vida siempre con los tapones de punta. Será
porque recibió muchos sopapos desde que salió de su aldea, o porque a pesar de
sus esfuerzos nunca había podido lograr una posición desahogada. De sus seis
hijos sólo tenía contacto con los dos más chicos, mi tía Norma y mi papá, que
no participaron del negocio familiar. Con los vecinos no se llevaba para nada,
pero la gente pobre de Almeyra y de su antiguo barrio la quería, porque siempre
estaba dispuesta a ayudar y a compartir con
ellos lo poco que tenía. Había aprendido a leer ya de grande, y se había
convertido en una alfabetizadora vocacional. Les enseñaba a leer a los chicos
que no habían podido ir a la escuela, sin cobrar nada –aunque dándoles unos
buenos coscorrones si eran muy duros de mollera–.
Ven, rapaziño ,
me dijo. Habíamos llegado: el Mercado de Frutas y Hortalizas de Liniers, un
galpón más grande que la
Iglesia de Luján. Caminamos entre bolsas de papa negra y papa
blanca, bolsas de red con zanahorias, cajones de tomates apilados casi hasta el
techo. Sonaba un tangazo en la radio. Un estibador con el pecho desnudo coreaba
la letra mientras voleaba las bolsas de setenta kilos.
Había que moverse con cuidado. Zorras cargadas hasta el tope
pasaban rechinando las ruedas. Camiones y camionetas se acomodaban marcha
atrás. Mi abuela me llevaba bien agarrado, para que no fuera a terminar
aplastado. Me hacía sentir seguro el contacto con su mano, blandita
por fuera pero firme como el hierro.
Che, vosh …
¿dónde eshtá el Cabrera?, le preguntó a un hombre
que pasaba con un cajón al hombro. Cabrera, Cabrera… el tipo se rascó la
cabeza.
Todu’l mundu lo conoce, le dicen El Negritu ...
¡Ah, usted dice Cabral! ¿Y qué te eshtoy diziendu, hombre de Diosh ? El Negrito Cabral era un morocho
gigantesco que hablaba por walkie talkie, un aparato que hasta ese momento yo
había visto únicamente en las películas de guerra. Sólo la Triple A y los Montoneros
tenían en ese tiempo un equipo tan sofisticado. Y el Negrito Cabral, que
recibía las cotizaciones de verdura al instante. La remolacha subía 200 pesos,
la batata bajaba 100… Un pibe anotaba con tiza los números en la pizarra.
Detrás de un escritorio, entre cajones de repollo, una secretaria decía: “Ahora
mismo no lo puede atender, ¿puede llamarlo en diez minutos?”.
El Negrito Cabral era un magnate de la compra y venta de
verduras, pero a mi abuela la trataba de igual a igual. Qué hacés Gallega, le
dijo.
¿Cómo andásh, Negritu?
El Negrito Cabral tenía en la cabeza el mapa completo de la Argentina , sabía qué
tierra era la mejor para tal o cual cultivo, si había llovido o hacía seca en
tal región, qué convenía sembrar. ¿Dónde tenés el campo vos, Gallega? En Jota
Jota Almeyra. ¿Adónde? (Ni el Negrito Cabral lo conocía). A veinte kilómetrush de Navarro. Ah… ¿y cuántas hectáreas
podés plantar?
Cincu . El Negrito se quedó pensativo: debía ser un volumen muy por
debajo al que estaba acostumbrado. Dio una chupada a la bombilla y dictaminó:
zapallo. ¿Zapallo? Sí. Plantá zapallo inglés y avisame cuando los tengas. Sacó
un fajo de billetes y separó varios de los grandes. Mi abuela hizo un rollo y
se lo metió en el corpiño. Eso fue todo. El Negrito no le pidió recibo. No
sabía su dirección, ni cómo se llamaba. Yo no comprendía el negocio.
¿Por qué te dio tanta plata el
Negrito Cabral?
, le pregunté cuando volvíamos en el tren. Para que compremos la
semilla y aremos el campo. ¿Y de quién van a ser los zapallos? De él. No me
gustan los zapallos, dije, y era verdad. No me gustaban para nada. No importa,
dijo mi abuela. No son zapallos para comer, son zapallos para hacer plata.
Trataba de darme una lección de vida, supongo, mostrarme cómo
con pocos recursos y algo de ingenio uno podía hacerse unos pesos. Mi
abuela contrató a un hombre que tenía tractor, que en una mañana aró las cinco
hectáreas, más otras dos que ella decidió plantar por su cuenta. Entre los dos
pusimos las semillas y las tapamos con tierra. Las cuidamos de los pájaros, y
cuando dejó de llover regamos cada surco con agua de la bomba llevada en
carretilla y en baldes. Mi abuela cuidó las cinco hectáreas del Negrito tan
bien como las dos suyas, ycuando llegó la tormenta
rezó para que el viento no rompiera las plantas. Para el fin del verano
había unos zapallos espectaculares, grandes como mesas. Mi abuela bailaba en
una pata. Literalmente. Bailaba la jota y cantaba Airiños,
airiños aires, airiños da miña terra… ,
de Rosalía de Castro.
En Almeyra no había teléfono, el marido de doña Irmita nos
alcanzó en la Ford
hasta Suipacha. Entramos a un bar en el que dejaban usar el teléfono. Mi abuela
me pidió un submarino y discó el número en uno de esos viejos teléfonos de
disco. Chic, taca taca taca taca… La secretaria del Negrito Cabral le pidió que
volviera a llamar en diez minutos. Al fin se comunicó. Hola, ¿Cabrera? La vi
anunciarle como un triunfo que los zapallos ya estaban, y la cara que ponía
cuando él le respondía.
Algo andaba mal.
Me acerqué, se escuchaba bien clarito lo que decían. Al parecer,
el precio del zapallo había caído tanto que ni siquiera valía la pena mandar un
camión a buscarlos. No puede ser, decía mi abuela, son unus
zapashus hermosus… El campo
es una ruleta, Gallega, a veces se gana y a veces se pierde. ¿Y ahora qué hagu ?, preguntó ella, la mano crispada
como una garra en el auricular. ¿No conocés a alguno que tenga chanchos? Y
bueno, vendelos
como alimento para chanchos.
Algo te van a dar. Mi abuela se había quedado sin palabras. Vení
a verme en setiembre, Gallega, dijo el Negrito, por ahí tenemos más suerte.
Hicimos el viaje de vuelta en silencio. Yo dije: Nunca me
gustaron los zapallos.
Esa misma semana vino el chanchero con sus chanchos. Hubo que
partir los zapallos con un martillo, la cáscara era tan dura que por más que
hocicaban no los podían abrir.
¡Una ruleta!, murmuraba mi abuela.
Claro, alguien como el Cabrera podía darse el lujo de perder una
cosecha, pero ella… Los chanchos se hicieron un festín, no quedó un zapallo ni
de muestra. O mejor dicho sí: dos zapallos que mi abuela separó, uno para ella
y otro para mi mamá. El chanchero le tiró unos mangos y se fue con su tropa. Mi
abuela dijo que con la caca de los cerdos el campo había quedado bien abonado.
¿Qué convendría plantar esta vez?
Creo que sí me dio una lección de vida, al final. No cómo
funciona la ley de la oferta y la demanda sino cómo no hay que llorar sobre la
leche derramada y cómo arrancar de nuevo cuando todo sale mal.
Mis papás vinieron a buscarme, finalmente, con una hermanita
recién nacida. Esa era la razón por la que mamá debió guardar cama tanto
tiempo. Mi abuela preparó una comida gallega y de postre sirvió zapallo en
almíbar. ¿Zapallo dulce? Me negué a probar esa hortaliza traidora, pero al fin
accedí. Era la cosa más dulce del mundo. Como mi abuela.
¿Vishte que t’iban a goshtar?
, me dijo. Le di razón.
Qué bueno que a ése no se lo habían comido los cerdos.
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Todo lo que aprendí de mi abuela gallega
sábado, 19 de octubre de 2013
Erich Priebke El silencio cómplice sigue en Bariloche, refugio de nazis
![]() |
| Erich Priebke durante la 2da. Guerra Mundial |
Varios criminales de guerra, como Erich Priebke, encontraron
hogar en ese poblado
El asunto sigue siendo tabú entre pobladores alemanes, que
prefieren callar
Buenos
Aires. AFP. Bariloche , una bella estación turística
argentina en la cordillera de los Andes, donde el criminal de guerra Erich
Priebke encontró se refugio tras la Segunda Guerra Mundial, sigue manteniendo un
silencio absoluto sobre su vínculo con los nazis.
Durante
unos 40 años, Priebke pudo vivir en esa localidad rodeada de lagos, montañas y
bosques, apaciblemente y sin ser denunciado. El exoficial nazi murió el viernes 11 de octubre en Roma, a
los 100 años.
Fue
siguiendo la pista del pintor Toon Maes, colaborador belga, que un nativo de
Bariloche, Esteban Buch, reveló el retiro de Priebke en la Patagonia argentina, en
su obra El pintor de la Suiza Argentina , dedicado a los nazis en exilio en
Bariloche, ubicada en una región comparada a menudo con Suiza.
Él
pudo conectar los cabos sueltos entre Erich Priebke, presidente de la Asociación
Germano-Argentina de Bariloche , y el oficial de la Gestapo responsable de lamasacre de las Fosas Ardeatinas, cerca de Roma, donde 335 civiles
fueron fusilados en 1944.
“Hasta
ese momento, existía el rumor de que él era uno de los nazis famosos instalados
en Bariloche. Yo tuve la confirmación recientemente de que mi libro estuvo en
el origen del arresto” de este exoficial nazi, extraditado en 1995 a Italia, donde tres
años más tarde fue condenado a cadena perpetua.
Miles
de nazis, ustachis croatas y fascistas italianos
desembarcaron en Argentina con la bendición del presidente Juan Perón, según el centro Simon Wiesenthal.
El
tabú de la presencia nazi sigue siendo total entre los alemanes del barrio de
Belgrano, en Bariloche. En la Asociación
Germano-Argentina nadie quiere hablar. Lo mismo ocurre en la
escuela alemana Primo Carpraro.
El
único que se pronunció, antes de volver a guardar silencio fue Jorge Priebke,
de 68 años, uno de los dos hijos del criminal nazi. Indignado ante la polémica
en torno al lugar donde podría ser enterrado su padre, Priebke declaró: “Que
entierren a mi padre en Israel”.
Erich
Priebke quería ser enterrado en el cementerio de Bariloche, al lado de su
esposa, pero Argentina se opone rotundamente.
Para
muchos habitantes de Bariloche, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío son
eventos históricos muy lejanos como para interesarse por la suerte del cadáver
de Erich Priebke. Los nazis gozaban de tal impunidad en esta localidad que
Erich Priebke vivió con su verdadera identidad, aunque llegó a Argentina en
1946 bajo el nombre de Otto Pappe. Fue directivo de un hotel, propietario de
una chacinería y luego de un centro privado de consultas.
![]() |
| Erich Priebke cuando fuera extraditado a Roma (1995) |
sábado, 24 de agosto de 2013
El argentino que nos ayudó a escapar del nazismo
POR LISELOTTE LEISER NACIÓ EN ALEMANIA EN 1919. JUDIA,
SOBREVIVIO AL NAZISIMO Y VIVE EN LA ARGENTINA DESDE 1947.
Actitudes
que hacen diferencia. Los Leiser, alemanes judíos, tenían una zapatería en
Berlín. Salvaron sus vidas, aunque lo pasaron duro en un campo de
internamiento. El empresario Alberto Grimoldi les conservó bienes que les
reintegró apenas terminada la guerra, además de facilitarles luego el ingreso a
la Argentina.
Un reconocimiento. Liselotte
contactó hace tres años a Alberto Luis Grimoldi –aquí los dos en casa de ella–
para contarle sobre el gran recuerdo que tenía de su padre / EMILIANA MIGUELEZ
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24/08/13
Me dicen Lilo pero mi verdadero nombre es Liselotte Leiser de
Nesviginsky. Tengo 94 años, nací en Berlín, en una familia judía que era dueña
de una importante cadena de zapaterías y llegué a la Argentina después de la Segunda Guerra
Mundial. Soy viuda luego de haber estado casada más de 50 años con un hombre
extraordinario, buen compañero de vida y aventuras. Mi único hijo se llama
Jorge, 58 años.
Soy, también, una sobreviviente del nazismo. Claro que ese
calificativo no alcanzaría para definirme como persona, pero creo que es una
forma posible de empezar a presentarme. Voy a ir por partes. La cadena de
zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de
treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamenteestuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto
Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su
vez de quien fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en
los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la
venta de calzado al público, la comercialización del producto. Recuerdo como si
fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban
entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el
procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma.
Ninguno de nosotros podía imaginar la
importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con
nuestras vidas para siempre.
Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió
ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En
el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro
Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia
de ese despojo
cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva
con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre
de 1938 se produjo latristemente célebre noche de
los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre
de Kristallnacht .
A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez
más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos,
ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de
catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre
cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar
inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese
liceo.
Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros,
mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar
un lugar más seguro y tranquilo. Recuerdo ese momento crítico y angustiante con
el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en
un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas
escondidas en el cuerpo… Así era la vida entonces. En Amsterdam mi familia
poseía también una cadena de zapaterías conocida como Huff , no tan grande como la de Alemania,
pero igualmente importante y prestigiosa. En el nuevo destino no disfrutamos de
la suerte esperada.
En mayo de 1940 también ese país fue
invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo
de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa
intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante
una operación comercial obviamente ficticia y con la
promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero
pacto de caballeros. También –aunque yo era muy joven para conocer el detalle–
sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió
dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería. Y así fue.
A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta
es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el
riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les
caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio
a los valores
permanentes de la condición humana.
Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para
mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la
puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar
con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo
advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y
anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte
suma de dinero pasaportes costarricenses. Fueron otorgados por el conde
Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir
que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país
que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con
ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz.
Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote
donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos
alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en
realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario
íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla
como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija.
En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados
como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a
las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples
agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando
había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de
paja.
Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos
bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo
insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente
me hice una almohadita
rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy
la conservo… Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque
una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los
médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier,
también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo,
usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que
nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera.
Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a
escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que
encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo
sirvió de alimento para muchos.
Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada
liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató
la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos
trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una
semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da
contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los
alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad,
libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en
ese instante. Y lo vivido entonces fue inolvidable para mí, para mis padres y
para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir
a una vida espantosa en el mejor de los casos … o a una muerte segura.
Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos
embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio
de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una
pensión. Queríamos ingresar a la
Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas:sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los
judíos durante esa época. Es entonces cuando se produce la tercera y
nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por
supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles
gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir
nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces
por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes
en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el
patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto
que mi familia conoce muy bien y que r escato en mi memoria como un tesoro inapreciable y
eterno.
Es curioso lo que pasó después o... lo que no pasó. Junto a mi
marido me dediqué a la actividad turística, llegamos a organizar el primer
contingente de viajeros argentinos a la Antártida , la vida siguió su curso. Pero lo
cierto es que finalmente perdí todo contacto con los Grimoldi.
Alcancé a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en
momentos de grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en
1953. Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido. Un
día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una gran amiga y
asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como querer retomar
en parte el hilo que se había roto. Ayudó en tal sentido un artículo
aparecido en un diario donde se mencionaba a esa familia y su historia con
algún detalle. Virginia, bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y
esas cosas, se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente
de la empresa.
Le enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el
vínculo. Fui invitada
a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para que yo contara el comportamiento
que tuvo Alberto con nosotros. Eso fue muy emocionante para todos. Lo que dije
en ese encuentro lo repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo
Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis, es el actual presidente y gerente de la
empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras, un amigo
permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros.
Tengo 94 años y pese a todo lo pasado y sufrido estoy feliz de
estar aún en el mundo. ¡Me gusta la vida! Y si me toca morir preferiría que
fuera de repente, sin dolor… y rodeada por todos mis seres queridos.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Hembras bravas: LAS FORTINERAS
Pasó más de un siglo, pero la campaña del "desierto" todavía despierta polémicas. Para algunos fue una epopeya que permitió consolidar el territorio nacional; para otros, una matanza motivada por la codicia. En el calor de la discusión, todos olvidan que casi la mitad de las fuerzas de frontera fueron mujeres que dejaron todo para vivir, pelear y morir junto a sus hombres.
No figuran en los libros de Historia. No se recuerdan sus nombres, salvo el de un par, aunque por sus méritos muchas llegaron a cobrar sueldo del Ejército y a tener grado militar.
"Se las llamó despectivamente chinas, milicas, cuarteleras, fortineras o chusma, en la parte más benévola del vocabulario -escribió Vera Pichel en Las cuarteleras (Planeta, 1994), referencia obligada sobre el tema-. En más de una ocasión fueron agredidas con epítetos francamente degradantes."
Eran esposas, novias, madres o prostitutas, mujeres de un solo hombre o de un regimiento. No fueron pocas: si en
"Las mujeres -dijo Domingo Faustino Sarmiento de ellas-, lejos de ser un em arazo en las campañas, eran, por el contrarío, el auxilio más poderoso para el mantenimiento, la disciplina y el servicio (...) Su inteligencia, su sufrimiento y su adhesión sirvieron para mantener fiel al soldado que, pudiendo desertar, no lo hacía porque tenía en el campo todo lo que amaba."
Contra los godos
Las fortineras del Sur, sin embargo, no fueron las primeras: las guerras de
El Ejército de los Andes también tuvo sus mujeres pues San Martín las autorizó para que acompañaran a sus maridos.
Josefa Tenorio, una esclava negra, pidió al general Gregorio Las Heras que la dejara combatir. Este la aceptó y la mujer hizo la campaña como agregada al cuerpo del comandante de guerrillas Toribio Dávalos. Su única aspiración era obtener, también, su libertad personal. No se sabe si lo consiguió, aunque San Martín la recomendó para "el primer sorteo que se haga por la libertad de los esclavos".
Las mujeres pelearon en las guerras de
Pero ¿qué otra cosa que el amor las podía haber llevado al Sur? Porque para encontrarse con sus hombres debían hacer un atado con cacerolas y víveres, cargar con sus críos (si los tenían) y largarse, así nomás, a cruzar el desierto. Muchas pudieron viajar desde su lugar de origen acompañando la marcha de los mílicos, pero otras anduvieron leguas y leguas abandonadas a su suerte hasta llegar al fortín.
Algunas buscaban a sus maridos; otras, la perspectiva de "ejercer el oficio"... pero ninguna sabía qué destino les esperaba. No eran mujeres de soldados: la mayoría de sus hombres no había elegido libremente el cuartel.
La ley de vagos
A medida que se extendían las fronteras internas y se repartían tierras, se ahondaba el problema de quiénes trabajarían en ellas. Nuestros gauchos no sabían de alambradas(Nueva 136). La libertad de vientres -primero- y la abolición de la esclavitud -después- hacía difícil conseguir mano de obra.
En 1815 se redactó el Reglamento de tránsito de individuos, versión local de la antigua Ley de vagos y maleantes española. Entre otras cosas, decía que "todo individuo que no tenga propiedad legítima de que subsistir, será reputado en la clase de sirviente, debiéndolo hacer constar ante el juez territorial del partido. Es obligación que se muna de una papeleta de su patrón, visada por el juez. Estas papeletas se renovarán cada tres meses. Los que no tengan documentos serán tenidos por vagos".
El reglamento permitía matar dos pájaros de un tiro: quien fuera pescado sin su papeleta (y se hacían redadas para encontrar hombres) debía elegir entre la peonada y el Ejército. Se había acabado eso de levantar un rancho en cualquier parte o de camear una vaca cuando el estómago hiciera ruido.
El avance sobre las fronteras internas se hizo en etapas. A lo largo de las décadas que insumió, la presencia de las mujeres fue una constante y estaban incluidas en las directivas que daba la oficialidad.
La vida en el fortín
A medida que llegaban eran rebautizadas por la soldadera:
Isabe
La vida en el fortín era brava: mal comidos, mal vestidos, castigados por
cualquier motivo, los soldados ni siquiera tenían la certeza de recibir la paga
a tiempo (una compañía llegó a recibir tres años de sueldo en una vez).
Los caballos -sin los cuales no se podía salir a correr a los indios- eran más importantes que los hombres. Por las noches, pese a las bajísimas temperaturas, los animales eran los únicos que tenían mantas aseguradas.
Los soldados se levantaban al alba y trabajaban todo el día. Atendían la caballada, fabricaban adobe, cavaban fosas y preparaban la tierra destinada a chacras estatales, al margen de las patrullas cotidianas.
"... Las mujeres de la tropa eran consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos -escribió el comandante Manuel Prado en La guerra al malón (Eudeba, l960)-; se les daba racionamiento y, en cambio, se les imponían también obligaciones: lavaban la ropa de los enfermos, y cuando la división tenía que marchar de un punto a otro, arreaban las caballadas. Había algunas mujeres -como la del sargento Gallo- que rivalizaban con los milicos más diestros en el arte de amansar un potro y de bolear una avestruz. Eran toda la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible. Acaso las pobres impedían el desbande de los cuerpos."
Si el fortín era el infierno, las marchas no se quedaban atrás. Horas y horas, tanto de día corno de noche, al ritmo de la yegua madrina. Las mujeres, cargadas con trastos e hijos, ocupaban un sitio determinado Una reglamentación del coronel Conrado Villegas dispuso para una marcha que las mujeres que tuvieran familia fueran detrás del batallón, antes de los caballos, los carros y la columna de retaguardia. Las mujeres sin familia debían arrear la caballada y eran contadas como soldados.
Los caballos -sin los cuales no se podía salir a correr a los indios- eran más importantes que los hombres. Por las noches, pese a las bajísimas temperaturas, los animales eran los únicos que tenían mantas aseguradas.
Los soldados se levantaban al alba y trabajaban todo el día. Atendían la caballada, fabricaban adobe, cavaban fosas y preparaban la tierra destinada a chacras estatales, al margen de las patrullas cotidianas.
"... Las mujeres de la tropa eran consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos -escribió el comandante Manuel Prado en La guerra al malón (Eudeba, l960)-; se les daba racionamiento y, en cambio, se les imponían también obligaciones: lavaban la ropa de los enfermos, y cuando la división tenía que marchar de un punto a otro, arreaban las caballadas. Había algunas mujeres -como la del sargento Gallo- que rivalizaban con los milicos más diestros en el arte de amansar un potro y de bolear una avestruz. Eran toda la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible. Acaso las pobres impedían el desbande de los cuerpos."
Si el fortín era el infierno, las marchas no se quedaban atrás. Horas y horas, tanto de día corno de noche, al ritmo de la yegua madrina. Las mujeres, cargadas con trastos e hijos, ocupaban un sitio determinado Una reglamentación del coronel Conrado Villegas dispuso para una marcha que las mujeres que tuvieran familia fueran detrás del batallón, antes de los caballos, los carros y la columna de retaguardia. Las mujeres sin familia debían arrear la caballada y eran contadas como soldados.
"No conozco sufrimientos mayores -narró otro protagonista de la campaña,
el coronel Pechman- que los pasados por las infelices familias de aquellas
tropas, obligadas a marchar de noche o de día largas distancias con sus hijos
en el anca de una mala cabalgadura, cubiertas de polvo, con sed, hambre y frío.
¡Pobres mujeres! Tenían forzosamente que subordinarse a las mismas condiciones que
la tropa, so pena de perecer en la soledad del desierto."
No era raro que durante uno de esos traslados alguna diera a luz, como les ocurrió a las mujeres del cabo Cardozo y del cabo Gómez. Esta última, apenas cortado el cordón umbilical del bebé, debió continuar la marcha junto a la columna. Sólo pudo descansar a la mañana siguiente.
Entre bailes y combates
La única obligación placentera era la de los bailes que se hacían cada tanto. Jóvenes o viejas, ninguna podía faltar: la orden era terminante. Eran los únicos momentos de alegría.
Claro que también podía armarse algún entrevero, como cuandola Rosa Mala vio a su cabo
bailar con otra. Esa noche la fiesta terminó en un duelo que ganó la mujer. El
cabo casi murió de una puñalada y la Rosa Mala fue desterrada.
Eran bravas para todo. En una oportunidad el coronel Hilario Lagos debió llevar su regimiento (el 2 de caballería) hacia Mercedes. Como no podía dejar vacío su fortín, llamó a Mamá Carmen y la nombró sargento primero. Mamá Carmen hizo disfrazar de soldados a las mujeres y organizó la vigilancia. Cuando aparecieron los indios, no sólo los dispersó sino que salió a perseguirlos. El día que regresaron los hombres, no creyeron la historia hasta que vieron los tres prisioneros que las fortineras habían capturado.
Si esos tres vivieron -al menos hasta la vuelta de Lagos-, menos suerte tuvo el viejo indio que se acercó a otro fortín, que había quedado a cargo de Misia Magdalena mientras los soldados peleaban, Aunque el hombre dijo que quería volver a vivir entre los blancos, ella lo fusiló. Se estaba vengando de la muerte, en el combate de San Carlos, de su marido y sus tres hijos.
En otra ocasión, mientras cuidaba la tropilla del jefe,la Parda Presentación
-una entrerriana casada con un sargento- espantó, sola y sin ayuda, a un grupo
de indios que intentaba acercarse al cuartel.
A curanderas tampoco les ganaban. Catalina Godoy, Mamá Pilar, Mamá Culepina,la Viejita María ,
Mercedes la Mazamorrera ,
todas eran expertas en el uso de hierbas y tisanas. Mamá Pilar, incluso, curó
en una ocasión al general Teodoro García.
Las olvidadas
Cuando todo terminó, muchos de los sobrevivientes se quedaron en el sur. Algunos -no todos- recibieron pequeñas parcelas.
La Pasto Verde fue una de las que se afincó. Construyó un ranchito que hizo las veces de posta en el camino de Neuquén a Zapala, hoy ruta 22. Mercedesla Mazamoffera vivió
cerca de ella.
¿Y el resto? El teniente coronel Eduardo Ramayón contó, en 1914, qué fue de ellas: "El gobierno (mientras duróla Campaña ) las proveía de cierta porción del
racionamiento que se asignaba al soldado, raciones modestísimas que más tarde,
con la desaparición del indio, quedaron definitivamente suprimidas... Estas
mujeres ¿qué suerte corrieron? Una vez que todo fue paz y fraternidad, porque
habían terminado las guerras, la situación de las pocas sobrevivientes quedó
completamente definida con la eliminación de las listas en que figuraban y su
no admisión en los cuarteles."
Sin embargo, "ellas también fueron soldados -escribió Vera Pichel en su libro-. Con ese espíritu tomaron a su cargo las tareas que les fueron asignadas: cocinaron para todos, lavaron la ropa de sus familiares y de soldados enfermos o heridos, cuidaron la tropilla. Curaron, rieron, hablaron de amor... y tomaron un fusil y dispararon cuando fue necesario con la fuerza y la valentía de los veteranos. De ese modo entraron a formar parte, también ellas, dela Conquista del Desierto."
Imágines: posteando historia.com.ar
EL BLOG OPINA:
Un justo reconocimiento a aquellas mujeres que lo dieron todo por una causa que nada les daba, sino penurias y sufrimiento. Hicieron patria, sin saberlo y sin esperar nada. Ejemplo antípoda de ellas: Las madres y abuelas de Plaza de mayo (con seguridad hay excepciones, en ello queda afuera la la más representativa de ese oprobio Hebe de Bonafini.
No era raro que durante uno de esos traslados alguna diera a luz, como les ocurrió a las mujeres del cabo Cardozo y del cabo Gómez. Esta última, apenas cortado el cordón umbilical del bebé, debió continuar la marcha junto a la columna. Sólo pudo descansar a la mañana siguiente.
Entre bailes y combates
La única obligación placentera era la de los bailes que se hacían cada tanto. Jóvenes o viejas, ninguna podía faltar: la orden era terminante. Eran los únicos momentos de alegría.
Claro que también podía armarse algún entrevero, como cuando
Eran bravas para todo. En una oportunidad el coronel Hilario Lagos debió llevar su regimiento (el 2 de caballería) hacia Mercedes. Como no podía dejar vacío su fortín, llamó a Mamá Carmen y la nombró sargento primero. Mamá Carmen hizo disfrazar de soldados a las mujeres y organizó la vigilancia. Cuando aparecieron los indios, no sólo los dispersó sino que salió a perseguirlos. El día que regresaron los hombres, no creyeron la historia hasta que vieron los tres prisioneros que las fortineras habían capturado.
Si esos tres vivieron -al menos hasta la vuelta de Lagos-, menos suerte tuvo el viejo indio que se acercó a otro fortín, que había quedado a cargo de Misia Magdalena mientras los soldados peleaban, Aunque el hombre dijo que quería volver a vivir entre los blancos, ella lo fusiló. Se estaba vengando de la muerte, en el combate de San Carlos, de su marido y sus tres hijos.
En otra ocasión, mientras cuidaba la tropilla del jefe,
A curanderas tampoco les ganaban. Catalina Godoy, Mamá Pilar, Mamá Culepina,
Las olvidadas
Cuando todo terminó, muchos de los sobrevivientes se quedaron en el sur. Algunos -no todos- recibieron pequeñas parcelas.
La Pasto Verde fue una de las que se afincó. Construyó un ranchito que hizo las veces de posta en el camino de Neuquén a Zapala, hoy ruta 22. Mercedes
¿Y el resto? El teniente coronel Eduardo Ramayón contó, en 1914, qué fue de ellas: "El gobierno (mientras duró
Sin embargo, "ellas también fueron soldados -escribió Vera Pichel en su libro-. Con ese espíritu tomaron a su cargo las tareas que les fueron asignadas: cocinaron para todos, lavaron la ropa de sus familiares y de soldados enfermos o heridos, cuidaron la tropilla. Curaron, rieron, hablaron de amor... y tomaron un fusil y dispararon cuando fue necesario con la fuerza y la valentía de los veteranos. De ese modo entraron a formar parte, también ellas, de
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Un justo reconocimiento a aquellas mujeres que lo dieron todo por una causa que nada les daba, sino penurias y sufrimiento. Hicieron patria, sin saberlo y sin esperar nada. Ejemplo antípoda de ellas: Las madres y abuelas de Plaza de mayo (con seguridad hay excepciones, en ello queda afuera la la más representativa de ese oprobio Hebe de Bonafini.
domingo, 5 de mayo de 2013
Murió Arquímedes Puccio, jefe de un clan familiar de secuestradores
![]() |
| Arquímides Puccio |
POR ROLANDO BARBANO
Con dos de sus hijos,
en los 80 capturó y mató a tres empresarios. Los tenían cautivos en su casa de
San Isidro.
Pasó sus últimos
días de la misma manera que algunas de sus víctimas: confinado en una
habitación, casi sin posibilidad de moverse, obligado a comer lo que otros le
daban en la boca y consciente de que el final se acercaba. Así murió
ayer Arquímedes Rafael Puccio (84), jefe de un clan familiar que pasó a la
historia a fuerza de traicionar amigos, secuestrarlos y asesinarlos. Un
accidente cerebro- vascular lo había condenado a esperar la muerte postrado en
un catre de General Pico, La
Pampa.
*****************
El Clan Puccio: La
Familia Muerte
Puccio
se engolosinó con la veta e instaló por cuenta propia una industria del delito.
Puccio agrandó el sótano de su casa y lo dotó de un calabozo de hormigón.
Vilca revocaba una pared mientras Bollini de Prado estaba encadenada a su lado.
ArquimedesPuccio, hoy, en su casa de El Talar, donde cumple su arresto. Dice
que no tiene que arrepentirse de nada,
En los 80, Arquimedes Puccio lideró una banda, con dos de sus hijos.
Secuestraron y asesinaron a empresarios. Con tres condenas de prisión perpetua,
por su edad ahora cumple arresto domiciliario. Pero como, según los vecinos,
sale a pasear, la Justicia
estudia si le revocan el beneficio.
Es calvo, petiso, rechoncho. El perfil, siciliano, como el de cualquier inmigrante.
Hombre de misa de once cada domingo en la Catedral de San Isidro, de traje oscuro y
corbata, a Arquímedes Rafael Puccio sus vecinos lo motejaron El Loco, porque
barría la vereda de su mansión en horarios insólitos; Cu- Cú, porque era
habitual verlo asomar la cabeza a cada rato por uno de los ventanucos
superiores de la casa, y finalmente, Bernardo, por su parecido asombroso con el
ayudante de El Zorro en la serie de televisión. Ahora está avejentado, pero
sigue con la obsesión de barrer la vereda, aunque en una casa más modesta, en
El Talar de Pacheco, donde cumple arresto domiciliario. Como los vecinos lo ven
salir a pasear, la tevé lo descubrió y la Justicia debe decidir si le revoca el beneficio.
La suya fue en realidad la vida de un personaje de historieta, pero trágica.
Arrancó como oscuro correo diplomático; fue Tacuara y ya adulto, se convirtió
en contador público nacional. Frecuentador de la derecha peronista, brazo civil
de grupos militares que llevaron hasta la exaltación la omnipotencia homicida,
Puecio se engolosinó con la veta e instaló por cuenta propia una industria del
delito. La gavilla qué comandaba fue la responsable de la muerte de tres
empresarios: Eduardo Aulet, Ricardo Manoukian, Emilio Naum, el dueño de Mac
Taylor. También en lo que sería su Waterloo policíaco, en 1985, secuestraron a
Nélida Bollini de Prado, una viuda a la que mantuvieron encadenada en una
mazmorra que construyeron en el sótano de la casa familiar. Antes, en 1973,
habían raptado a Enrique Pels, un ejecutivo deBonafide que jamás quiso hablar
del asunto (Puccio fue sobreseído en aquel momento en esa causa por falta de
pruebas) y por cuyo rescate se pagó un millón de dólares. Pero, ¿qué sociedad,
qué circunstancias son capaces de parir una hidra asesina semejante?
Arquímedes, el vagabundo
Puccio nació en un inquilinato de Independencia y Perú, en San Telmo (hoy
demolido y dedicado el solar a playa de estacionamiento) en 1930. Su padre,
Juan Puccio, fue jefe de prensa del Ministerio de Relaciones Exte-riores y Culto
durante la gestión del canciller Juan Atilio Bramuglia -su amigo personal- en
el primer peronismo. Culminada su instrucción secundaria, en 1949, cuando
todavía no había cumplido 19 años, Arquímedes ingresó también en la Cancillería. Al
año siguiente lo destinaron a la embajada argentina en Madrid como correo de
base, denominación técnica de los correos diplomáticos.
Siempre se sospechó que los correos diplomáticos podían tentarse con el
contrabando. Puccio, que cumplió la función con interrupciories, en 1962 fue
trasladado a Buenos Aires, y dos años después exonerado por el canciller del
presidente Arturo Illia, Miguel Angel Zavala Ortiz. La causa fue que se lo
sorprendió intentando contrabandear, por valija diplomática, 250 pistolas
Beretta provenientes de Italia. El proceso se atenuó porque las armas eran de
calibre 22, y finalmente fue sobreseído por la Justicia.
En 1973, apareció como Secretario de Deportes
de la Municipalidad
de Buenos Aires, en la gestión de Leopoldo Frenkel. Más tarde se lo ubica en el
Ministerio de Bienestar Social, ya en tiempos del ocultista José López Rega. Se
le atribuyó una relación con los hermanos Pedro Eladio y Demetrio Vásquez, que
trabajaron con El Brujo, dueños de la Empresa Rojas , de transportes, que los
interesados desmintieron. Fue en ese año de 1973 cuando Puccio concretó el que
se considera su primer secuestro extorsivo, del que fue víctima el ya
mencionado ejecutivo de Bonafide. En 19 60, Puccio había comprado una casona en
San Isidro, en la calle Martín y Omar al 500, esquina 25 de Mayo, La pro ¡edad
fue escríturada a nomb de ELFAR, una sociedad anó a industrial, comercial,
financiera e inmobiliaria teóricamente dedicada a fabricar y distribuir
artículos de pesca e integrada por sus parientes directos (hermanos suyos y de
su mujer, un cuñado).
Allí, en 1980, iba a instalar una rotisería, y tres años
después Hobby wind, una casa de implementos para wind surf y esqui que atendía
su hijo Alejandro, por entonces estrella del primer equipo de rugby del Club
Atlético de San Isidro (CASI).
![]() |
| Alejandro Puccio (uno de los hijos de Arquímides, murió en 2008) |
Alex, con sus enormes patillas, era un raudo
wing tres cuartos que hasta llegó a colar en Los Pumas.
![]() |
| Daniel Puccio |
Su hermano Daniel,
alias Maguila, también jugó rugby, lo mismo que Guillermo, el menor de los
varones, a quien en 1985, cuan o se descubrieron las andanzas de la familia, se
le recomendó no regresar de Nueva Zelanda, donde se encontraba.
Se creía que
podía haber actuado de posta motorizada en la secuencia del pago de rescate por
el empresario Aulet. Si bien nunca serían considerados una familia tradicional
de San Isidro por la aristocracia local, los Puccio solidificaron su posición
social en el lugar. Silvia, la hija mayor, además de socia del CASI, fue
profesora de Cerámica en el Instituto de Artes Visuales Regina Pacis,
regenteado por monjas católicas
.El revés de la trama
En las reformas de la mansión -que costaron más de 100.000 dólares- trabajó
como albañil el boliviano Herculeano Vílca, que fue quien cavó la fosa en que
enterraron a Aulet. En 1983, los Puccio agrandaron el sótano y lo dotaron de un
calabozo de hormigón. Esto fue, aparentemente, para evitarse el trajín de
encadenar a sus víctimas en la bañera del retrete principal del primer piso,
como hicieron con Manoukian en 1982 y con Aulet en 1983, antes de asesinarlos.
El emporio criminal de los Puccio comenzó a derrumbarse el 23 de agosto de
1985, cuando un grupo de la División Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal
comandado por el comisario Mario Fernández (cuya actuación en el Caso Sivak
despues sería cuestionada por la familia de la víctima) detuvo junto a la
cancha de Huracán a Arquímedes, su hijo Daniel y Guillermo Fernández Laborda,
que se aprestaban a cobrar el rescate exigido por la empresaria Bollini de
Prado, alguna vez dueña de una funeraria por la cual, según denuncias no
confirmadas, se supone pasaron algunos cadáveres NN que produjo la última
dictadura. La viuda, desde hacía un mes, estaba encerrada en el calabozo del
sótano de los Puccio. Arquímedes les dijo a los policías que su casa estaba
dinamitada, para evitar que fueran y ganar tiempo. Fue inútil. Cuando la
partida llegó a liberar de su calvar ¡o a la viuda de Prado, Alejandro,
festejaba a su novia, Mónica Sorvik, en el estar del primer piso.
El rugbier
fue detenido de imnediato. Sus cofrades del CASI reaccionaron corporativamente.
Sin ninguna prueba, se empeñaron en sostener su inocencia a rajatabla. Con
férreo espíritu de cuerpo, hicieron rezar una misa por él, se agolparon en
Tribunales, rodearon a su novia. Florencio Varela (un legendario jugador del
CASI, Secretario del Menor con Juan Carlos Onganía, defensor de Hernán
Invernizzi, hijo de Eva Giberti, detenido por facilitar, cuando era conscripto,
el copamiento de una unidad militar, y que quedó libre en 1988) se encargó de
la defensa de Alex junto con Esteban Vergara, otro abogado socio del club. Lo
hicieron por pedido de sus hijos, compañeros del joven en el CASI pero cuando
comprobaron que les había mentido al jurar inocencia, ambos renunciaron a seguir
siendo sus letrados.
Alejandro Puccio -que fue quien, aprovechando su conocimiento social con él, le
tendió a Manoukian la celada que culminó en su secuestro- quiso suicidarse
cuatro veces. El intento más espectacul ar se registró el viernes 8 de noviembre
de 1985, cuando dos guardias lo trasladaban desde la Alcaldía del Palacio de
Justicia al despacho del juez Héctor Grieben. Aunque estaba esposado con las
manos en la espalda, desde el segundo piso se arrojó al vacío. Si bien su caída
fue amortiguada por un techo intermedio,sufrió gravísimas heridas, incluyendo
politraumatismos craneanos, de los que se recuperó tras una dilatada estancia
en terapia intensiva. Sorvik, que en principio creyó a rajatabla en la
inocencia de su festejante, trabajaba como maestra jardinera en Mayfair School,
de Coronel Díaz y Las Heras. Tuvo que soportar más de una vez el acoso de la
prensa sensacionalista, aún hasta dos años después de roto el noviazgo, en
1987. En 1993 Alej andro Puccio se casó en la cárcel con Naney Arrat, antes,
había organizado con Sergio Schoklender un centro universitario en el penal de
Villa Devoto (él se anotó en Psicología).
Alejandro Puccio sigue preso, en el penal de Florencio Varela. Pidió la
libertad condicional. (murió en el 2008)
La hermandad
Alejandro Puccio, en fin, tam bién intentó ahorcarse con una sábana en su celda
de la cárcel de Villa Devoto, donde estaba alojado, y a fines de enero de 1989
reiteró el intento, tragándose dos cartuchos de máquinas de afeitar. Esa vez el
resultado fueron hemorragias intestinales, también controladas. Alex tenía
antecedentes en ese sentido, ya que antes que estallara el raid criminal que lo
involucra, en ocasión de encontrarse circunstancialmente demorado en la Comísaría 22, intentó
electrocutarse metiendo los dedos en el enchufe. Sigue preso en la cárcel de
Florencio Varela, y cada tanto intenta quedar libre bajo fianza. Lo logró entre
1997-99, pero después la
Justicia lo encarceló de nuevo.
En el 2000, logró que le
concedieran salidas laborales, y trabajó en un consultorio médico. Pero ese
beneficio le duró un mes: una jueza se lo revocó cuando descubrió que su
trabajo era apenas una fachada y que volvía a la cárcel cuando quería. Ahora,
un tribunal de San Isidro debe resolver si le otorga, otra vez, la libertad
condicional. Por su parte, Daniel Puccio pasó dos años en la cárcel, y logró la
libertad bajo fianza en 1998. Fue por haber estado preso dos años sin sentencia
(el mismo beneficio alcanzó a su madre en noviembre de 1987). Finalmente su
condena a 13 años de cárcel fue ratificada casi diez años después, en 1997, por
el secuestro de Bollini de Prado, pero sigue prófugo. Al salir de la cárcel,
Daniel volvió a vivir en su casa de San Isidro, junto a su madre y sus
hermanas. Entonces, pedía plata para conceder reportajes. También quiso vender
notas exclusivas de su hermano Alejandro, pero se dudaba de su verosimilitud.
Hoy se cree que vive en Brasil.
Daniel Puccio fue condenado a 13 años de prisión, pero está prófugo, en Brasil.
V Íctimas
, 2. Ricardo Manouk¡an.RICARDO makoukian
Tenía24 años y era amigo de Alejandro Puccio. Fue secuestrado el 22 de julio de
1982, en San Isidro. Se lo llevaron cuando salía de un depósitos de los
supermercados de laf amilia, en Martínez. Por él pagaron un rescate de 500.000
dólares. Pero igual lo asesinaron.
3. EduardoAulet,EDUARDO AULET
Ingeniero industrial, hijo de un empresario metalúrgico, f ue secuestrado el 5
de mayo de 1983 en Barrio Norte. Estaba casado y tenía 25 años. Se conocía con
Alejandro Puccio porque jugaba al rugby. Su f amilía pagó 100.000 dólares. Pero
lo asesinaron. En 1987, hallaron su cadáver en General Rodríguez
4. Emilio NaumEMILIO NAUM Dueño de dos casas de ropa, tenía 38 años. El 22 de
junio de 199, vio que Arquímedes Puccio -a quien conocía- le hacía señas y paró
con su auto. Se resistió, le pegaron un tiro en el pecho. Fernández Laborda
conf esó haberle disparado.
Néiida Bollini de Prado,La mujer f ue la única de las victimas de los Puccio
que salvó su vida.NEMA BOLLINI DE PRADO Tenía 58 años cuando la secuestraron,
en 1985. Su f amilia era dueña de una concesionaria de autos. Estuvo 32 días en
el sótano dela casa de los Puccio, atada con una cadena al tobillo. Fue la
única sobreviviente.
3. HerculeanoVilea fue el que cavó la fosa donde enterraron al empresario
Aulet, Ya está en libertad.
Victimarios-
ARGUMEDES PUCCIO
Líder y cerebro de la banda. Contador público. Vinculado con la derecha
peronista, f ue funcionario de la Cancillería y Secretario de Deportes de la Municipalidad de
Buenos A¡ res en 1973. Condenado a perpetua por los cuatro casos que cometió la
banda. Portener más 70 años, desde enero de este año cumple arresto
domiciliario. Víve en una casa de ElTalar.Tiene 74 años.
ALEJANDRO PUCCIO Hijo de Arquímedes. Fue jugador de rugby del CASI y de Los
Pumas. Regenteaba una casa de artículos de windsurf. Lo detuvieron el 23 de
agosto de 1985, cuando liberaron a Bollini de Prado. Fue condenado a perpetua
por el secuestro y asesinato de su amigo, Ricardo Manoukian, a quien entregó.
En la cárcel estudió psicología. En 1993 se casó con una chica que lo iba a
visitar. Ahora tiene 44 años. En el 97salió libre bajo fianza, pero volvió a
quedar detenido. En el 2000 obtuvo salidas laborales, pero después le revocaron
el beneficio.
GUILLERMO FERNANDEZ LABORDA Su confesión le permitió a los investigadores
desartícular la banda. Dijo que f ue e. quien disparo contra Naum y Manoukian.
Los condenaron a reclusión perpetua.Era amigo de Arquímedes Puccio desde la
década de 1970.
1 Victoriano Franco, teniente coronel. M u rió a los 84 años en
prisiónVICTORIANO FRANCO
Era teniente coronel retirado. Participó en el secuestro de Aulet y le dio su
arma a Fernández Laborda para que asesinara a Naum. Su condena f ue de prisión
perpetua. A los 84 años murió en la cárcel.
ROBERTO OSCAR DIAZ
2. Roberto 0scarDiaz fue quien asesinó a Eduardo Aulet, Sigue preso.Hoy tiene
66 años y f ue' él último en sumarse a la banda.
Conoció a Arquímedes Puccio en una agencia de autos de Llavallol. Entregó a
Nélida Bollini de Prado, la única que sobrevivió a sus captores.
Confesó ante la Justicia
que mató a Aulet. "Me pidieron una prueba de sangre para incorporarme a la
organización dijo. Condenado a perpetua.
GUSTAVO CONTEPOMI Arquímedes Puccio lo convocó para formar parte del grupo. Era
amante de una mujer, f amiliar de Aulet, y se lo consideró el contacto para
llegar al empresario. Murió en la cárcel cuando ya tenía más de 70años.
DANIEL PUCCIO Alias Maquila.Hijo de Arquímedes. Fue detenido en 1985, cuando
negociaba el rescate de Bollini de Prado. Lo condenaron a 14 años pero la
sentencia f ue anulada porque se había perdido una hoja del expediente. En el
97 le dieron 13 años. Estaba en libertad y nunca se presentó. Está próf ugo,
según los f amillares de las víctimas, en Brasil,
HERCULEANO VILCA Era un albañil que se encargó de acondicionar el sótano de la
casa de los Puccio. En el juicio admitió haber cavado la fosa donde enterraron
a Aulet. Le dieron 10 años, que ya cumplió.
Otras historias
Los antecedentes de los miembros del clan Puecio no pertenecientes a la familia
también son significativos. Roberto Oscar Díaz (hoy de 66 años), casado,
mecánico -se desempeñó durante treinta y siete años en una concesionaria del
difunto Alberto Jacinto Armando, en la que llegó
jefe de mantenimiento- conoció Arquímedes en una agencia Mitsubishi de
Llavallol. Confesó haber asesinado a Aulet y entregado a Bollini de Prado. En
cuanto a Fernández Laborda (hoy 60), comisionista de aduana, fue administrador
del porteño Hospital Municipal Ramos Mejía hasta 19 7 6 y actuó en la
denominada Escuela Superior de Conducción Política del Partido Justicialista.
Femández Laborda, que al ser detenido se dedicaba al comercio exterior, fue
quien disparó contra Marroulcian y Naum. Otro integrante de la gavilla fue
Gustavo Contepomi, que murió en la cárcel en 1994, a los 70. Divorciado,
comerciante, era amigo de Aulet. Es un decir: él fue quien lo entregó a la
banda. Lo había conocido por su amante, familiar del empresario. En cuanto al
teniente coronel Rodolfo Victoriano Franco, era del arma de Caballería y fue
pasado a retiro en 1955, tras el golpe que derrocó a Juan Domingo Perón. En
1956, según sus dichos, participó en los intentos de la restauración peronista
que encabezó el general Juan José Valle, quien fue fusilado por eso. Franco
huyó al Uruguay, desde donde pasó al Brasil. Regresó en 1959. Veinte años
después, al caer de un caballo, se lesionó las piernas, pero, aunque con
dificultad, caminaba. Al año siguiente -1980- sufrió otra desgracia personal:
el estallido de un bidón de combustible le ocasionó quemaduras graves en las
manos. El militar, que le dio su arma a Fernández Laborda para que asesinara a
Naum, fue condenado a perpetua y también murió en la cárcel, a los 84, en 19 9 7. A pesar de su edad, seis
veces le habían negado la excarcelación, que sí se le concedió a Arquímedes
Puccio en enero de este año, por tener más de setenta. El grupo lo completaba
el albañil Vilca, que hoy tiene 6 1. Nunca se casó, y comenzó a trabajar para
los Puccio en su oficio desde
1978. Las tareas que se le encomendaban eran extravagantes: ref accionar un
sótano para con~ vertirlo en celda, cavar tumbas o revocar una pared mientras
Bollini de Prado permanecía a su lado, encadenada en una cama.
Fue condenado a 10 años y ya está libre. El teniente coronel Franco precisó que
conoció a Arquímedes Puccio en Tacuara. Fernández Laborda reveló que Arquímedes
era el cerebro y se cuidaba de no ser jamás él quien consumaba los asesinatos,
sino que presionaba a otros miembros de la banda para que lo hicieran. Elegía a
sus víctimas y las halagaba proponiéndo les buenos negocios. Declaró además que
Puccio estuvo vinculado a la SIDE ,
a una célula de ultraderecha que integraban dos oficiales de la Fuerza Aérea , a
quienes no identificó, y también al ya muerto coronel Jorge Osinde, f actótum
intelectual de la masacre de Ezeiza, en la que Arquímedes habría intervenido
personalmente. También lo relacionó con el capitán retirado del Ejército Julio
Fossa, involucrado en el primer secuestro de Osvaldo Sivak. Toda la familia era
asistida en ese momento por un penalista de lujo para el hampa, Pedro Bianchi,
que alguna vez fue también defensor de los hermanos Schoklender. Fernández
Laborda cambió su declaración, con lo cual incriminó más directamente aun en
los homicidios a Arquímedes y Alex. Hubo hasta un juez que se cree intentó
proteger a los Puccio. Su excusa fue que lo amenazaron de muerte. Fue apartado
de la causa. Para mucha gente que directa o indirectamente respaldó tanta
pestilencia, el affaire Puccio debiera ser, por lo menos, un boomerang
aleccionador. Cuando se deja sembrar muerte, los cadáveres que se cosechan no
siempre son ajenos.
www.taringa.net/posts/videos/.../Puccio-Libre-y-ahora-Abogado.html
EL BLOG OPINA
Una historia increíble, que reúne todas la condiciones para una novela de horror.
Imposible imaginar tanta maldad en una familia de apariencia normal y hasta
apreciados en su entorno. Seguramente quedará en la historia como una rareza
criminal aún plausible de investigación especializada.
apreciados en su entorno. Seguramente quedará en la historia como una rareza
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