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| La Sra. Merkel observando sin el menor disimulo, los tacones de Cristina |
domingo, 9 de septiembre de 2012
Angela (Merkel) fue una chica divertida (Artículo publicado en El País de Madrid)
Interesante esta nota sobre la Sra. Angela Merkel, la canciller alemana, digna del mejor elogio, que invitamos a los lectores que por WEB exploran, a leerlo. Nuestro BLOG está orientado para la publicación de información o cualquier otro material que tenga que ver con la Argentina, nuestro país de origen. En esta oportunidad no no alejaremos de ese propósito, porque estimamos establecer una comparación con nuestra presidente, la Sra. Cristina de Kirchner, la cual luce francamente imprecisa y confusa (por decir lo menos) en sus actos de gobierno. Solo la personalidad de la Sra. Merkel, (según nuestro entender) sería suficiente para envidiar a los ciudadanos alemanes, por la gobernante que han elegido. Por nuestra parte consideramos como válido, aquel aforismo que dice: "cada pueblo tiene el gobierno que se merece". Los alemanes saben de ello, porqué no deben olvidar que en su historia existen motivos suficientes para reflexionar sobre la conocida expresión.
Trabajó de
camarera en una discoteca y vivió de okupa en Berlín durante parte de su
juventud
Aunque el jueves
comió con Rajoy, lo que realmente le gustaría es cenar con Vicente del Bosque
Así era la
canciller Merkel cuando no vivía bajo la atenta mirada de todo el planeta
Angela Merkel,
fotografiada en 1993, cuando era ministra de Juventud y Familia con el
canciller Helmut Kolh. / ULRICJ BAUMGARTEN (GETTY)
Todas las mañanas,
Angela Merkel prepara el desayuno de su marido, calibra el comportamiento del
euro en la apertura de los mercados y pasa a deglutir balances económicos y
rivales políticos con la misma premiosidad con la que escancia café sobre la taza
de su taciturno consorte, Joachim Sauer, un
talento en química cuántica. La amorosa rutina de primera hora, confesada a
corresponsales diplomáticos hace un año, durante vuelo oficial de Nigeria a
Berlín, convive con su peligroso autoritarismo y un refinado gusto por el
estofado de conspirador, preferiblemente de su partido, la Unión Demócrata
Cristiana (CDU), según el libro La madrina,publicado a finales de
agosto por Gertrud Höler, adscrita a la vieja guardia oficialista. La canciller
alemana, de 58 años, disfruta cocinando sopa de patata y ganso con ciruelas
pasas; se extasía con la ópera El holandés errante, de Richard Wagner, y, aunque cueste
trabajo imaginarla de mandil, fue camarera, y okupa en un edificio de
apartamentos de la Alemania comunista. Fue una chica divertida dentro de un
orden.
La septuagenaria Höler, de cuyo asesoramiento prescindió Merkel
hace tres años, nada dice sobre la atribuida ternura doméstica de la mujer más
poderosa del mundo, ni sobre su jovialidad en tertulias de cerveza y vino;
tampoco recrea las excursiones en bicicleta o sus largas caminatas con Joachim.
El libro se adentra en su perfil político con resentimiento: casi convoca a la
rebelión al presentarla ajena a los valores de la democracia, ególatra y
ladrona de ideas. Su desaforada ambición trasciende fronteras y debiera
preocupar a los gobernantes de la Unión Europea porque preludia el advenimiento
en Alemania de una autocracia nueva y sutil, según la autora. “Es masculina y
fría hasta para elegir vestuario”. No siempre. Invitada por el rey Harald V de
Noruega, en abril de 2008 acudió a la inauguración de la nueva ópera de Oslo
con un escote tan pronunciado, con una bahía
tan redonda y desnuda, que los flases de los fotógrafos reventaron antes de
tiempo. Un político local aprovechó el descoque para anunciarse en campaña:
“Tenemos más que ofrecer”.
Es improbable que
hubiera ofrecimiento en el sex appeal de la obertura operística porque
Angela Merkel riñe con la lujuria, y porque, sometida desde niña a la
vigilancia del padre, un estricto párroco luterano, se confiesa impelida por la
fe cristiana, y no por las flaquezas de la carne. “La religión es la base sobre
la que yo y muchos otros contemplamos la sacrosanta dignidad del ser humano.
Nos vemos como la creación de Dios, y eso guía nuestras acciones políticas”.
(…) La fe en Dios me facilita muchas decisiones políticas”. Debió encomendarse
al Altísimo para no blasfemar en lombardo cuando el diario The Sun publicó, en 2006, unas fotos del pompis presidencial al aire,
parcialmente expuesto durante el cambio de bañador de unas vacaciones
italianas.
No caben en su
mentalidad ni el biquini, ni invasiones de la intimidad del calibre británico,
ni menos las procacidades telefónicas sobre su anatomía grabadas a Silvio Berlusconi por la
policía. Más proclive a la toca que al pareo, Merkel solo husmea a fondo en los
presupuestos de la zona euro y en las intenciones de los maquinadores
cortesanos, pocos y valientes, porque quien asome la cabeza en su presencia
corre el peligro de perderla. La canciller alemana no parece haberla perdido
nunca excepto cuando, hace más de tres décadas, dejó a su primer marido, Ulrich
Merkel, pasmado y sin lavadora, la única pieza que se llevó del domicilio
compartido en el Berlín de la guerra fría.
Estudiante, como
ella, de Ciencias Físicas, le conoció durante un viaje a Moscú y Leningrado, y
aunque nada se sabe sobre las causas de la ruptura, cabe suponer en Ulrich
algún atisbo de anarquía que desquició a una pareja incompatible con el
desbarajuste. Casada en 1977,
a los 23 años, se divorció en 1981. “Parece un poco
tonto, pero me casé porque todo el mundo se casaba. No fui al matrimonio con la
suficiente madurez”. Procedentes de Leipzig, los dos pipiolos habían llegado a
la capital para buscar un trabajo relacionado con sus licenciaturas en Físicas.
Afrontaban graves problemas de alojamiento, pues el organismo encargado de
asignar viviendas solo lo hacía cuando los solicitantes tenían empleo, del que
carecían.
La ecuación era
retorcida: daban trabajo a quien tenía piso, y piso a quienes ya vivían en la
ciudad. La Administración municipal suponía que muchos resolverían
“creativamente” el déficit habitacional, porque su burocracia era caótica,
según justificó Merkel en una entrevista con Süddeutsche Zeitung. Tras el divorcio, se lio la manta a la
cabeza y okupó un piso vacío en el número 24 de la
calle Marienstrasse de Berlín. Más adelante, instaló la lavadora de autos en
otro más espacioso, también sin amueblar. Allí vivió decentementedurante una temporada, sin
las orgías y fumaderos de las comunas del Berlín occidental, y criticando lo
justo a Erich Honecker, último jefe de la RDA antes de la caída del Muro, en
1989.
La reseña publicada por Angela Merkel en la revista feminista Emma en
1993, hace casi tres decenios, siendo ministra de Juventud y Familia con el
canciller Helmut Kolh (1982-98), demostró ductilidad, electoralismo y oportuno
sentido del humor. Las tareas reservadas al marido debieran ser “limpiar y
fregar el retrete”. No cabía otra ironía en una publicación alzada en armas
contra el machismo y el sometimiento de la mujer. A propósito de la
emasculación del maltratador John Bobbitt por su esposa, Lorena, la fundadora
de la revista, Alice Schwarzer, escribió: “Desarmó a su marido. Una lo ha
logrado. Una que contraataca. A las víctimas no les queda otra opción. Al fin”.
La señora Merkel nunca redujo a su marido a la condición de
fregona, ni ella adoptó automatismos sumisos en el reparto de las tareas
domésticas del matrimonio, domiciliado en el Berlín elegante, en un piso
propiedad de una inmobiliaria de matriz española. Una empleada se ocupa de su
mantenimiento. Pero no todos los hombres y mujeres son como Joachim y Angela.
Después de su viaje oficial a Nigeria, la gobernante recordó haber preguntado
al presidente del país africano, si le gustaba cocinar.
Goodluck Jonathan se rió abiertamente como diciendo “qué cosas
tienes usted. ¿Yo, un hombre hecho y derecho preparando el desayuno de mi
mujer?. Ni hablar”. Cuando Merkel le dijo que a ella le gustaba preparar el
desayuno de su marido, el jefe nigeriano se levantó de la silla, alzó la copa y
propuso un brindis de este tenor: “que las mujeres nigerianas sigan el ejemplo
de nuestra invitada y todas las mañanas preparen el desayuno a sus hombres”.
¿Cuál fue la
principal ilegalidad de Merkel en la capital? No registrar su nuevo domicilio
en la comisaría de policía como es preceptivo. No hubo muchas más. “Transferí
normalmente el alquiler a la Administración municipal de vivienda. Por aquel
entonces, cualquier dinero era bienvenido”. No tuvo mucho durante sus 35
primeros años de vida en la República Democrática Alemana, donde dedicó más
tiempo al ganchillo que al activismo anticomunista y la rebeldía antisistema.
Durante la histórica jornada del derrumbe, la hija del párroco respetó su
tonificante sauna diaria, y solo al anochecer se acercó al Berlín libre. “Llamé
a mi madre para recordarle el pacto que hicimos: iríamos al hotel Kempinskin a
comer ostras”, contó a The New York Times.
En sus años
errabundos, la chica del Este vestía vaqueros Levi’s, y trabajó de camarera en
una discoteca. Recibía un extra por cada consumición: una especie de descorche
simpático, sin malicia. Debió de ser pizpireta y repartir sonrisas a destajo,
pues el sobresueldo casi igualaba su salario mensual, según sus confidencias a
Patricia Lessnerkrausen, recogidas en el libro Merkel. Poder y política. Salía de marcha. “Era una chica alegre
y le gustaba bailar”. La jarana de soltera acabó en 1981, al conocer a Joachim,
entonces casado y con dos hijos, profesor en la Academia de Ciencias de Berlín,
con quien recobró el sosiego, las complicidades de pareja y el placer por la
lectura y el hervido de codillo. Se casaron en 1998. Durante muchos años, le
redactó la lista de la compra, y el científico la cumplimentaba todos los
viernes en un supermercado. El matrimonio vive hoy en el Berlín elegante, en un
piso propiedad de una inmobiliaria de matriz española.
Sin muros, ni
cárceles, la carrera de Merkel hacia el centro y el pragmatismo, hacia el poder
federal, comenzó en 1989. Fue una ascensión jalonada por los restos de los
hombres que menospreciaron su instinto político y sus temibles fauces. Tras
exhaustivas indagaciones en vecindarios, registros y allegados, los biógrafos
apenas si han encontrado locuras reseñables en la vida privada de Frau Merkel
más allá de la admitida barrabasada juvenil de arrastrarse dentro de una gruta
arbórea resinosa y pringar la sudadera. Más sugerente parece su sueño de mujer
futbolera: cenar con Vicente del Bosque. El
entrenador español tiene mucho terreno ganado con los dos europeos y el
Mundial, pero si acierta en la descripción matemática de la materia a escala
molecular, la canciller alemana es suya. La seriedad y la química cuántica
debieron de ser dos de las herramientas de Joachim Sauer para seducirla. El
actor norteamericano Dustin Hofman también le hace tilín.
En
la discoteca recibía un extra por cada consumición. Debió de ser pizpireta y
repartir sonrisas a destajo, pues el sobresueldo casi igualaba su salario
mensual de camarera
El corresponsal
diplomático de la revista Spiegel, Dirk Kurbjuweit, escribió hace un año que la
estereotipada imagen de la Merkel burócrata, gélida, distante, de pantalón y
chaqueta abotonada, es solo la cara de la moneda: la que quiere trasmitir al
mundo. “He viajado con ella muchos años, he participado en todas las
conversaciones off the record y la he observado”. ¿Qué descubrió
Kurbjuweit en el anverso? No mucho. Merkel no es un cascabel, aunque a corta
distancia, en grupos pequeños, puede mostrarse vehemente, dicharachera,
emocionada por la alegría y la tristeza. Los elementos dominantes de su
personalidad, al derecho y al revés, siguen siendo la distancia, el análisis y
el sentido de la observación, desarrollado en la Alemania de partido único y
policía política, donde convenía abrir bien los ojos y cerrar la boca.
El corresponsal la
vio llorar una vez, pero no de pena, sino de risa. El ataque sobrevino al
evocar un chusco episodio: los lituanos sospechaban que Bielorrusia estaba
construyendo una central nuclear cerca de sus fronteras, por lo que el primer
ministro de Lituania decidió comprobar sobre el terreno la veracidad de las
sospechas. Disfrazados de turistas, el gobernante y su familia se acercaron
pedaleando a la frontera con Bielorrusia, simulando observar la naturaleza. La
policía receló del dominguero pelotón y detuvo al primer ministro. Al llegar a
este punto del relato, Merkel comenzó a reírse a mandíbula batiente, a lágrima
viva. No podía hablar. Le parecía increíble, surrealista, desternillante, la
maniobra del mandatario báltico. La señora no es de carcajada frecuente, ni se
altera en público, como comprobó el camarero que en febrero derramó una cerveza
sobre su espalda. “¡Mierda!”, exclamó el chaval. Merkel se dio la vuelta y le
sonrió.
Nadie conoce su
entraña porque la oculta entre los silencios y la circunspección de su
comportamiento. No tiene ideología, sus valores son intercambiables, y de nadie
se fía, le acusó Gertrud Höler en el libro del rencor. Meticulosa, obsesionada
por el detalle y el dato, trabajadora hasta la extenuación, puede hacer
bostezar al ministro de Sanidad mientras se sumerge en las cifras e informes de
su departamento. Y aunque a veces finja perplejidad, Merkel acudió a las
negociaciones con Rajoy y Monti sabedora de que la cara de María Dolores Amorós
incidió en el déficit fiscal, y al tanto de la evasión impositiva de las
tragaperras italianas.
Contrariamente a su
colmillo en los galimatías políticos, se mueve con desinterés por los
vericuetos de la moda pese a los avances de su ropero, atendido por los
talleres de Anna Von Griesheim y Bettina Schoenbach. Su reacción fue algo
destemplada cuando, hace años, alguien la citó desaliñada: “Me preocupo de
llevar un estilo práctico. El peinado tiene que mantenerse en su sitio doce
horas o más, y no puedo ir a empolvarme la nariz cada dos horas”. Nunca lo
hizo. No perdió el tiempo en coloretes y estilismos en su cabalgada hacia la
cancillería del Reich, siempre acechada por caimanes de corbata y gomina,
porque de haberlo perdido, no sería hoy la mujer que huele a poder y respeto,
según percibió el sindicalista Cándido Méndez, que la tuvo cerca.
Agadecimientos a: cuisans.com.ar bloglaverdad.es
lunes, 2 de julio de 2012
Las proezas
del vasco de la carretilla
CLARÍN 02/07/12
Guillermo
Isidoro Larregui Ugarte unió a pie Santa Cruz con Buenos Aires y fue leyenda.
Viajes. El
primero le llevó 14 meses, entre 1935 y 1936, y luego vinieron más. Murió en
1964 en Misiones donde había terminado el último. / ARCHIVO CLARIN
Un viejo
chiste porteño sostiene que le definición de vasco es: “persona que ve en una
puerta un cartelito que dice ‘tire’; entonces, empuja y entra”. Tiene que ver
con la fama de tozudos que identifica a los de ese “país” integrado a España.
Pero esa característica muchas veces se ha convertido en elogio por la
constancia y el esfuerzo habitual en la gente de ese origen. Y quizás un buen
ejemplo lo marca la historia de Guillermo Isidoro Larregui Ugarte, más conocido
por el apodo que le pusieron los periodistas en la Argentina, su tierra
adoptiva: “el vasco de la carretilla”.
El porqué
empezó en una reunión de amigos en Cerro Bagual, provincia de Santa Cruz, donde
Larregui vivía y trabajaba en los yacimientos de petróleo. En esa charla
informal se hablaba de los récords deportivos y los esfuerzos. Entonces dicen
que el vasco lanzó, casi en broma, su propuesta. Dijo que él podía ir a pie
hasta Buenos Aires, empujando una carretilla cargada con casi 200 kilos. Fue
suficiente que alguien dijera “¡a que no!” La aventura duró catorce meses.
Empezó el 25 de marzo de 1935, cerca de Comandante Luis Piedrabuena, y terminó
en la Capital Federal el 24 de mayo de 1936, cuando una multitud lo recibió y
homenajeó cubriéndole con flores su carretilla. Aquellos homenajes continuaron
al día siguiente, como parte de los festejos por el aniversario de la
Revolución de 1810. El vasco, emocionado, fue con su carretilla hasta la Plaza
de Mayo. Y junto a la Pirámide, dejó todas esas flores. Atrás habían quedado
más de 3.200
kilómetros recorridos y, dicen, 31 pares de gastadas
alpargatas.
Larregui
había nacido en Pamplona el 27 de noviembre de 1885 y a los 15 años dejó esa
ciudad que un general romano fundó en el 75 a .C., emigrando hacia la Argentina. Cuentan
que primero trabajó como marinero hasta que se radicó en aquella zona de la
dura Patagonia donde empezó su aventura. Y de ese recorrido a pie, después
recordaría que la peor parte fue en el tramo hasta Trelew, cuando el invierno y
la nieve lo golpearon, pero no lo doblegaron.
La primera
carretilla del vasco quedó en el Museo de Luján porque él la donó. Después, con
otra, entre 1936 y 1938, hizo un recorrido desde Coronel Pringles, en la
provincia de Buenos Aires hasta Bolivia. Y también dos caminatas más. Una fue
en 1940 desde Villa María, en Córdoba, hasta Santiago de Chile. La última
cuentan que arrancó en 1943 en Trenque Lauquen y terminó seis años más tarde en
Puerto Iguazú (Misiones), el lugar que sería su residencia definitiva. Se
calculaba que, en total, ya había caminado más de 20.000 kilómetros .
Instalado
en el Parque Nacional donde construyó una humilde casilla, Guillermo Isidoro
Larregui Ugarte, “el vasco de la carretilla”, vivió sus últimos años en aquel
paisaje cercano a las cataratas. Algunos recuerdan que dos veces por semana era
habitual verlo caminando los 15 kilómetros desde su casilla hasta Puerto
Iguazú, quizás para mantener esa costumbre de recorrer grandes distancias a pie
que había iniciado cuando rondaba los 50 años.
Murió el 9
de junio de 1964, cuando aún no había llegado a cumplir los 79. Lo enterraron
en el cementerio de esa ciudad. Para entonces ya se había convertido en un
personaje de leyenda y a su alrededor se empezaron a armar los mitos. Uno dice
que fue el primer guía que asistió a los argentinos y extranjeros que querían visitar
esa maravilla de la naturaleza que es el Parque Nacional y las cataratas. Otro,
que sabía hablar en inglés, francés, italiano y alemán. Pero esa es otra
historia.
EL BLOG OPINA
Sucesos dignos de recordarse. Una aventura para la que hacía falta tesón, constancia y espíritu bohemio...
domingo, 20 de mayo de 2012
Misiones: sorprenden a policías que iban en patrullero a comprar a Brasil
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| Un patrullero y su unidad de trabajo tomados al azar |
19 MAY 2012 23:36h. LA RAZÓN (Bs. As)
LOS VINCULAN A
DELITOS Y ACTOS IRREGULARES
Los efectivos
fueron filmados cuando salían del estacionamiento de un supermercado de la
localidad brasileña de Santo Antonio. Como medida, los trasladaron a distintas
dependencias de la provincia.
Seis efectivos de
la policía de Misiones fueron sancionados por su supuesta vinculación en varios
delitos y actos irregulares, como la utilización de un patrullero para realizar
compras en una ciudad de Brasil.
Los involucrados, en principio, fueron trasladados desde la localidad de San Antonio, limítrofe con el vecino país a través de la única frontera seca en territorio misioneros, a dependencias de distintos puntos de la provincia, mientras continuaban las investigaciones.
De acuerdo con las mismas fuentes, en forma paralela a la intervención de la jueza de instrucción María Teresa Ramos, en la fuerza se inició una investigación interna a raíz de una denuncia realizada por un vecino, quien al parecer fue víctima del accionar irregular de los policías.
El denunciante habría aportado un video, reproducido por distintos portales locales de información, donde aparece un patrullero de la policía de Misiones en el estacionamiento de un supermercado de la localidad de Santo Antonio, Brasil.
Posteriormente, en la misma grabación se logró apreciar cómo el vehículo policial traspone la frontera desde el vecino país, tras ser controlado por funcionarios de la Aduana, y reingresa en el territorio argentino.
Además de los efectivos sancionados con traslados, no se descarta que otros integrantes de la fuerza sean involucrados en las investigaciones que se realizaban desde la Dirección de Asuntos Internos, por irregularidades en el cumplimiento de sus funciones.
Las averiguaciones y recolección de antecedentes se llevan adelante con total hermetismo, ante la gravedad de los hechos investigados, y se prevé la reanudación de las investigaciones judiciales que, en principio, se habrían estancado por trabas en el procedimiento, según se supo.
Los efectivos sancionados, se confirmó, fueron trasladados a dependencias de Posadas, Iguazú, Nueve de Julio y Eldorado, aunque habrían adelantado sus propósitos de impugnar la medida, ya que según trascendió se sienten "perseguidos por trabajar".
Los involucrados, en principio, fueron trasladados desde la localidad de San Antonio, limítrofe con el vecino país a través de la única frontera seca en territorio misioneros, a dependencias de distintos puntos de la provincia, mientras continuaban las investigaciones.
De acuerdo con las mismas fuentes, en forma paralela a la intervención de la jueza de instrucción María Teresa Ramos, en la fuerza se inició una investigación interna a raíz de una denuncia realizada por un vecino, quien al parecer fue víctima del accionar irregular de los policías.
El denunciante habría aportado un video, reproducido por distintos portales locales de información, donde aparece un patrullero de la policía de Misiones en el estacionamiento de un supermercado de la localidad de Santo Antonio, Brasil.
Posteriormente, en la misma grabación se logró apreciar cómo el vehículo policial traspone la frontera desde el vecino país, tras ser controlado por funcionarios de la Aduana, y reingresa en el territorio argentino.
Además de los efectivos sancionados con traslados, no se descarta que otros integrantes de la fuerza sean involucrados en las investigaciones que se realizaban desde la Dirección de Asuntos Internos, por irregularidades en el cumplimiento de sus funciones.
Las averiguaciones y recolección de antecedentes se llevan adelante con total hermetismo, ante la gravedad de los hechos investigados, y se prevé la reanudación de las investigaciones judiciales que, en principio, se habrían estancado por trabas en el procedimiento, según se supo.
Los efectivos sancionados, se confirmó, fueron trasladados a dependencias de Posadas, Iguazú, Nueve de Julio y Eldorado, aunque habrían adelantado sus propósitos de impugnar la medida, ya que según trascendió se sienten "perseguidos por trabajar".
EL BLOG OPINA
Fueron seis los “perseguidos por trabajar”. Imagínese
el lector el tamaño moral de estos policías. Nos preguntamos si ante tanto
bandido en las filas de las instituciones creadas para proteger a la sociedad,
se podrá continuar confiando. El vecino que los filmó, tuvo sus razones para hacerlo,
por ser probablemente una victima más de los delitos de esas degradantes autoridades,
que fueron sorprendidos a posteriori, in fraganti. El traslado de estos
efectivos como medida disciplinaria es un acto irregular que no debe ser aceptado
por la ciudadanía. Si el delito ya está probado en testimonios, correspondería
su arresto y poner el caso en manos de la justicia. Así están las cosas en la
Argentina toda. Hay sobradas señales de que la sinvergüenzura está anidada en el poder y desde allí obra
impunemente disponiendo de toda protección y ventajismo…
¡Hágame
usted, el favor, ciudadano argentino!!! ¿En
que cloaca, hemos caído por ser tan manipulables y faltos de hombría? Nos hallamos inmersos en una cloaca por demás
pestífera y oprobiosa…
sábado, 31 de marzo de 2012
SÉ UN HÉROE, dona tu sangre...
Nadie es tan pobre que no tenga nada para dar, ni tan rico que no necesite nada que recibir. El dar y el recibir son dos verbos que se conjugan con el corazón. Es el corazón el órgano que se ocupa de bombear la sangre, elemento imprescindible para la existencia. Es entonces que de nuestro corazón y de todos aquellos que tengan un corazón sensible y solidario, se protegerá y se mantendrá la vida. La sangre no se compra ni se vende. Donar sangre es un gesto de buena voluntad, de amor, de fraternidad sin límites. Nuestra sangre auxiliará, sin importar quien la precise, estará a disposición de todos y hasta de nosotros mismos o de nuestros familiares y amigos si eventualmente la necesitaren. Por ello es necesario concientizar sobre la importancia de este compromiso moral que complacerá a Dios y compensará con creces nuestro espíritu. Donar sangre es preservar la supervivencia. Seamos donantes de sangre con una firme vocación de servicio y protección de la vida… J.Y.
Donante de sangre. Pictograma
Hospital de Clínicas - Universidad de Buenos Aires
www.hospitaldeclinicas.uba.ar/
Cuando una persona pierde sangre en gran cantidad por un accidente o una operación, o tiene problemas de salud, puede que sea necesario que reciba una transfusión de sangre. Sin embargo, dado que la sangre humana es una sustancia que actualmente no se puede sintetizar, es necesario extraerla de otra persona, es decir, un donante de sangre.
Pocos países en el mundo tienen organizado un sistema público de donación de sangre, entre los cuales estánArgentina, España, Uruguay y Costa Rica. En estos países está prohibida la compraventa de sangre, que se considera un recurso público únicamente destinable a instituciones sanitarias para el tratamiento de pacientes y cuya donación es totalmente voluntaria.
En los países en que no existe tal sistema, la donación es realizada por familiares, o se paga para encontrar un donante. Cabe destacar que se considera que una de las ventajas del donante voluntario es que en general representará un riesgo menor de estar contaminado.
El 14 de junio de cada año se ha convenido celebrar el Día Mundial del Donante de Sangre, como una manera de agradecer su donación desinteresada de sangre.
Cómo donar sangre | |
Todas la ciudades del mundo disponen de un banco de sangre. Funcionan en hospitales, centros de salud y están a disposición de quien la necesite. | |
Para donar sangre concurra a cualquiera de ellos y también si vive en Buenos Aires o en sus cercanías, a Hemoterapia (3º piso) de lunes a viernes | |
Requisitos: | |
Edad: entre 18 y 65 años. Llevar DNI. | |
Peso: mayor a | |
Recomendaciones generales: | |
-No es necesario ayuno absoluto. Puede café, mate, te, jugo de frutas, bebidas sin alcohol, gaseosas azucaradas o edulcoradas antes de la extracción. | |
-También, puede ingerir algunos alimentos como pan, tostadas, mermeladas y fruta. | |
-Evite ingerir alimentos con grasas como crema, leche, aceite, fiambres, etc. en las cinco horas previas a la extracción. | |
-Si se hizo tatuajes, perforación de orejas (u otra zona corporal) y acupuntura, debe esperar un año para poder donar sangre. continúa la nota>>>HACE CLIC EN COMENTARIOS. |
domingo, 11 de marzo de 2012
El zapallo que se hizo cosmos
Macedonio Fernández Serie Macedonio Fernández en pequeñas dosis
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| Macedonio Fernández, según Afredo Sabat |
Érase un zapallo* creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático.
Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosos raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a saberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestryan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo.
A medida que crece es más rápido su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Que puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego final. Apenas le faltan Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más que quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el ser, la realidad y su Cáscara.
(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -querdios cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda y su historia.
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas y, así, sin muerte.
Esto es mejor que antes.
(*) Calabaza, auyama.
Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosos raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a saberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestryan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo.
A medida que crece es más rápido su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Que puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego final. Apenas le faltan Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más que quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el ser, la realidad y su Cáscara.
(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -querdios cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda y su historia.
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas y, así, sin muerte.
Esto es mejor que antes.
(*) Calabaza, auyama.
martes, 31 de enero de 2012
REGRESO A OCCIDENTE
Crónica de un viaje
Juan Yáñez
AFGANISTAN
Estábamos prontos a partir de la India. Éramos cuatro los que regresábamos a occidente, Tamara, yo y nos acompañaba una pareja de argentinos, En el aeropuerto de Nueva Delhi, esperábamos el embarque de nuestro vuelo. El calor era asfixiante, la partida estaba demorada por más de una hora, hasta que oímos complacidos, nosotros y el resto de los pasajeros la llamada a abordar el avión.
Ya en la cabina, acomodados en nuestros asientos, disfrutando del frescor del aire acondicionado y reconfortados por el grato ambiente de a bordo, aguardábamos serenos el despegue en la cabecera de la pista, donde la espera continuó por otra hora más. Parecía que la India nos asía, impidiéndonos partir. Hasta que por fin, se soltaron los frenos y la aeronave impulsada por sus turbinas, se deslizó velozmente por la pista hasta elevarse y tomar rumbo hacia la capital de Afganistán, Kabul.
La suave música que se oía por los altavoces y la sonrisa de las azafatas hacían grato el vuelo. Pronto sobrevolamos las montañas del Hindu Kush. Fue un corto viaje, de una hora y media. Estaba corriendo el cuarto día de julio de 1972 Por mi parte imaginaba, por no tener información a mano, que Kabul, dada la proximidad con la India habríamos de padecer el agobiante calor que allí soportamos. Por fortuna, estaba equivocado y recibimos la confirmación cuando faltaban pocos minutos para aterrizar. Oímos por los altavoces la temperatura ambiente de la ciudad: Veintiún grados centígrados. ¿Habremos oído bien? Era la propia primavera a nuestros pies y ello debido a sus 1.800 metros de altitud.
Luego de terminar los trámites de migración nos adentramos en esa ciudad francamente amable. Serían alrededor de las cuatro de la tarde. Tenía para esa época, poco más de millón y medio de habitantes, por ello, en sus calles no existían las aglomeraciones, tan comunes en las ciudades de la India. Descubrimos unos restoranes que asaban pinchos con carne de chivo o cordero, lo que constituía para nosotros, una fuente alimenticia necesaria, además de sabrosa, después de más de seis meses de dieta vegetariana, a las claras incompleta y muchas veces intolerable por el picante excesivo. Nos complacimos con esos pinchos y con Coca Cola, (inexistente en la India ), que por otra parte eran sumamente económicos, lo que favorecía a nuestra precaria economía.
Como ya hemos anotado en “Viaje a la India ”, las razones de este viaje de regreso obedecieron a la imposibilidad de abandonar la India por tierra, tal como lo deseábamos, por causa de la guerra que enfrentaba ésta, con Pakistán. No quedaba otra solución que saltarnos a Pakistán por el aire para llegar a Afganistán y de allí seguir por carretera a occidente. Los pasajes aéreos nos fueron enviados desde Buenos Aires, juntamente con cien dólares a cada uno de nosotros, que era la cantidad permitida por las leyes argentinas de aquella época.
Recorrimos Kabul, después de comer, recuerdo que compramos un reloj despertador y a instancias de nuestros compañeros de viaje −que ya habían hecho esta ruta en su viaje de ida−, adquirimos en una especie de gran mercado al aire libre un par de abrigos afganos, hechos con piel de oveja, sumamente bellos y económicos, con la esperanza de venderlos a buen precio en Europa. Allí, en Kabul casi todos los hombres usaban unos largos abrigos, que se colocaban sobre sus hombros y lo que parecían ser las mangas colgaban a los costados. Recuerdo que algunos de ellos se detenían para observarnos sin el menor recato y nos lanzaban con desprecio el calificativo de “ingleses”, de nada valía corregirlos en su apreciación, mantenían con firmeza lo dicho. Hoy pienso que “inglés”, para ellos sería sinónimo de europeo y nuestro aspecto étnico lo evidenciaba En un sector de la ciudad libre de edificación (era ya de noche) funcionaba una panadería a campo raso, con un horno vertical profundo excavado en el suelo. Las brasas estaban en el fondo y en los costados próximos a la abertura, con una especie de cojín, colocaban los panes, que se pegaban a las paredes hasta finalizar su cocción y entonces eran retirados con un gancho de hierro. Era un pan exquisito, de lo mejor, que estimamos superlativamente por llevar meses sin probarlo por la sencilla circunstancia de ser en la India inexistente. Mucha gente esperaba para adquirirlo y los panaderos no daban abasto, por ello, estimo como irrefutable, preciso y universal. el conocido refrán venezolano que dice: “Se vende como pan caliente”.
Pernoctamos en Kabul y por la mañana temprano continuamos hacia Kandahar, ciudad que observando el mapa parece cercana, pero para llegar a ella es necesario atravesar un serpenteante y angosto camino montañoso. Lo recorrimos en un autobús pequeño, medio destartalado y sumamente incómodo. Arribamos a Kandahar a primera hora de la tarde y a poco continuamos viaje hacia Herat. Ahora ya en un autobús grande, mucho más cómodo y moderno que el anterior. Recuerdo a las mujeres que viajaban con sus maridos e hijos, cubierto el rostro completamente con una especie de capucha que dejaba una abertura con un cubrimiento de un tejido calado para los ojos y la boca. Solo podían sentarse a su lado sus maridos, hijos o otras mujeres. (Recordemos que estábamos en un país islámico).
Al acabar de sentarse los pasajeros, se colocó en el pasillo del vehículo, sacos de granos y otros bultos, atrás viajaban también chivos y gallinas. que compartían el poco espacio disponible con sus dueños. No salimos hasta no llenar hasta el tope el autobús que paraba constantemente en el camino para dejar o tomar pasajeros y carga.
Llegamos a Herat a primera hora del otro día, después de viajar parte de la tarde y toda la noche con el mismo chofer. A media noche lo acosó un incontrolable sueño que no podía controlar y luchó de mil maneras para no dormirse. Manejaba por momentos parado en sus pies, en otros cantaba a viva voz, se pegaba con sus manos en su cara etc. etc. Me levanté y llegué hasta él para ayudarlo a mantenerse despierto ¿Pero en que idioma habíamos de hablar? Afortunadamente otro pasajero al tanto también de la situación se le acercó y conversó con él, hasta que pudo superar el sueño. Es necesario, antes de continuar el relato, que el lector sepa −del mismo modo que en otros relatos lo aclaré,− que sólo dispongo de la mente como archivo de estas aventuras. No tengo ahora el cuaderno de notas que a diario escribía sobre lo que acontecía, aunque estos últimos días hallé una pequeña agenda, con algunas breves anotaciones de fechas y ciudades, sobre este viaje de regreso hacia occidente. Hay parte de ellos olvidados, otros corresponden a hechos aislados sin precisar el lugar. Sin embargo también existen otros perfectamente claros a pesar del tiempo transcurrido. No olvidemos que han pasado casi cuarenta años.
Herat es una ciudad pequeña, y consultando en la enciclopedia, refiere que se cree que fue fundada en el siglo IV, A.C., por Alejandro Magno. Esta es la última ciudad importante del recorrido perteneciente a Afganistán.
Acoto, que por lo general, tratábamos de dormir en los viajes para economizar el escaso dinero que disponíamos y nos higienizábamos, como podíamos, en los baños de las paradas. Cada dos días aproximadamente nos acomodábamos en algún hotel, próximo a los terminales de autobuses, allí era posible bañarnos y lavarnos la ropa usada. A pesar de los inconvenientes y las limitaciones, el viaje siempre fue interesante, placentero y nunca aburrido.
IRAN
Este país tan profundamente musulmán, en donde la religión cobra visos del fanatismo más acentuado, estaba gobernado en aquellos años por el Sha de Persia, personaje destacado en el jet-set internacional, conocido también por Reza Pahlevi. Este gobernante intentó occidentalizar las costumbres de los iraníes, con un régimen autocrático y a la larga fue derrocado, para establecerse un gobierno del clero más radical, el de los Ayatolás.
Entramos a Irán por una pequeña localidad llamada Teibod, en la propia frontera con Afganistán. Allí los funcionarios de migración revisaron el equipaje exhaustivamente, en especial a los occidentales que allí viajábamos. El motivo no era otro que la búsqueda de drogas ilegales que por ese medio de transporte, solían servirse algunos viajeros. Oímos decir que en el caso de descubrirse algún alijo importante podrían los responsables ser juzgados en juicio sumarísimo y de hallarse culpables ser fusilados “in situ”. Y realmente era cierto pues nos confirmaron que recientemente habían sido ejecutados cinco viajeros occidentales por esa causa.
Compartiendo el mismo medio de transporte viajaban con nosotros individuos de diferentes nacionalidades. Algunos eran en apariencia hippies semi trasnochados. No eran muchos y a veces compartíamos el viaje por más de una escala. Había norteamericanos, ingleses, franceses etc., todos jóvenes como nosotros y en su mayoría bastante informales. Viajaban por ese medio por diversas razones. Algunos con espíritu aventurero con limitados recursos económicos. Otros compraban artículos exóticos que revendían en sus países. Uno de ellos transportaba más de cien pequeñas pipas de cerámica. Al parecer eran para fumar marihuana. Los guardias que conocían su uso, revisaron intensivamente su equipaje, buscando lo que para las pipas servía, sin resultado. Él explicaba sonriendo y un poco asustado que su negocio eran las pipas, y aseguraba que eran para fumar tabaco. Los guardias sonreían por el tamaño de la mentira y esta sonrisa a la vez confirmaba la no existencia de delito alguno por la tenencia de esos artículos. Partimos de Teibod alrededor de las tres de la tarde en un autobús mejor equipado (A medida que nos acercábamos a occidente los vehículos de transporte mejoraban su calidad y servicio) En plena carretera antes de la caída del sol unos pasajeros (islámicos por supuesto) le piden al chofer (que también es islámico) que se detenga para que ellos pudieran cumplir con sus oraciones. El chofer se negó, aduciendo retraso en el viaje. Sin embargo de nada valieron sus razones. Fue obligado a detenerse bajo cierta intimidación y allí al costado de la carretera, sobre telas a modo de alfombras, de rodillas, los fieles hicieron las inclinaciones de costumbre y al finalizar estas continuamos viaje. Lllegamos a Mashed, (una de las ciudades más importantes de Irán) a poco de anochecer Esta ciudad, notoriamente persa, en esa época tenía un millón y medio de habitantes.
Había una periodista, inglesa o norteamericana que se había vestido como musulmana, penetró en un templo. Llevaba el rostro tapado y era en apariencia del Islam. Sin embargo fue descubierta y expulsada. Ella habló con nosotros, todavía estaba vestida con su “disfraz”, quejándose sobre la imposibilidad de realizar su trabajo periodístico.
En esta ciudad, se encuentran muchas tiendas de venta de alfombras persas. Las había de todas las calidades y medidas, con bellísimos dibujos. Observamos asimismo el proceso de fabricación de las mismas. Son famosas en el extranjero, las alfombras de Mashed. En esta ciudad se produce la mejor lana para su elaboración. Pernoctamos aquí y alrededor de las tres de la mañana comenzaron las oraciones que un Imán pronuncia por potentes altavoces colocados en la torre de una mezquita vecina al hotel donde nos alojamos. El volumen era francamente altísimo, insoportable, fue imposible seguir durmiendo. Aquí llegué definitivamente a la conclusión que existen religiones que agobian al creyente con su fanatismo exacerbado. En este caso privándolos del necesario sueño y así agotándolos para sus actividades normales y necesarias para el trabajo y las obligaciones de la vida diaria.
Partimos para Teheran, la capital, al atardecer del otro día, después de permanecer en Mashed casi 24 horas. Viajámos en un autobús de los grandes, con cierta comodidad por carreteras montañosas, como fue por casi todo nuestro trayecto hacia Europa.
A poco atravesamos una zona desértica y luego ya de noche nos detuvimos en una especie de campamento en pleno desierto. Allí servían comida y bebidas, bajo una gran carpa. Era todo muy precario. Pedí una coca-cola, a pesar de que alguien me advirtió que no lo hiciera y resultó que lo único original de esa bebida era la botella, que como había visto en la India las rellenaban con un brebaje imposible de beber. No recuerdo lo que comimos, solo que bebimos te.
Consultando hoy en el atlas, veo que la zona que atravesamos, es conocida como desierto de Kavir. Allí vimos unas extrañas formaciones montañosas, sobre la extensa sabana del desierto, causadas probablemente por una larguísima erosión.
Llegamos a Teheran al mediodía, muy extenuados por el calor y larga travesía. (Ya estábamos a nueve de junio, es decir que llevábamos cinco días de viaje) Nos alojamos en un hotel y luego de descansar salimos a recorrer la ciudad, que en su aspecto externo es bastante occidental y moderna. Sin embargo las costumbres islámicas, aunque atenuadas estaban presentes. Prueba de ello sucedió viajando en un carro por puesto, donde tuve que permanecer incómodamente apretujado contra otro hombre para dejar suficiente espacio para que una dama, sentada a mi lado, no tuviera ni el mínimo roce de su cuerpo con el mío Tendría Teherán en aquella época unos seis millones de habitantes. Es una ciudad extensa y está edificada sobre una planicie, al fondo se observa una cadena montañosa, con sus cúspides cubiertas de nieve.
El propietario del hotel, persona agradable y locuaz hablaba suficiente inglés para mantener una conversación sobre temas de la región. Él mismo nos consiguió establecer comunicación telefónica con la embajada argentina. Hablamos con el embajador, quien amablemente nos invitó a “tomarnos unos mates” en la embajada. Ya próximos a partir, lamenté no haber llamado el día anterior, pues habría sido una interesante experiencia.
Seguimos viaje hacia Tabriz al medio día. En una parte de la carretera bordeamos el mar Caspio. Lo poco que recuerdo de esta escala es su famosa Mezquita Azul, del siglo XV, por su impresionante belleza. Es también esta ciudad pródiga en alfombras. Son famosas en el mundo entero la alfombras de Tabriz. Partimos de Tabriz rumbo a Erzurum, y a poco de partir entramos en territorio Turco. Es interesante anotar y lo hago de manera reiterativa, que las costumbres de las personas, a medida que nos alejábamos del punto de partida hacia occidente se iban “occidentalizando”, paulatinamente. Todo ello era posible verlo en todas las manifestaciones de la vida. El aspecto de las ciudades, el modo de vestir, los vehículos, los lugares públicos etc. y hasta la música, no escapaba de esa apreciación, en líneas sutiles y generales.
TURQUÍA
Entramos a territorio turco, en un autobús de ese país, con asientos más confortables y con pasajeros mas occidentalizados y a la vez mas mal educados. Esa es la imagen generalizada que me mostraron los turcos, que se intensificaba a medida que nos acercábamos a Europa. Tenían por costumbre estos pasajeros, además de hablar a los gritos y burlarse de aquellos que se mantenían ajenos a su alboroto, de orinarse en los escalones de la puerta trasera.
La carretera serpenteaba sobre una zona montañosa, a nuestra derecha se divisaban altos picos con su cresta nevada y hubo uno mas cercano, que me pareció un cono casi perfecto, cubierto de nieve hasta su base, que llamó mi atención. Al preguntar me respondieron escuetamente: ARARAT..... ¡Nada menos que el monte Ararat! Citado en la Biblia , por ser el lugar, donde se detuvo el Arca de Noé, luego del Diluvio. Me emocioné al contemplar esa maravilla de una majestuosidad imponente. Luce con su más de cinco mil metros de altura, destacándose claramente en su entorno. Está en territorio armenio, en los confines de Rusia, la que está a escasos 200 km ., de este punto en la carretera. Antes del anochecer
Después de unos kilómetros de marcha llegamos a Erzurum, una ciudad enclavada en las montañas, con una altitud de casi dos mil metros, con un clima frío a pesar de que estábamos en verano. Vimos aparcados unos grandes trineos que se utilizan para llevar cargas en la estación invernal, cuando esta zona se cubre de nieve. Esta ciudad pertenece a lo que se da en llamar, la Armenia turca. Sus habitantes, tanto hombres como mujeres visten con ropas tradicionales. Las calles son estrechas y las casas bajas, casi todas construidas con una piedra volcánica del lugar.
Partimos de esta ciudad, rumbo a Ankara. A esta altura del viaje, la pareja que nos acompaño desde el inicio pasó de un agotamiento paulatino a una crisis de cuidado y hubieron de ser hospitalizados. Se les diagnosticó hepatitis, además de un cuadro infeccioso producido por bacterias alojadas en el tracto intestinal. Afortunadamente fueron atendidos adecuadamente en un hospital público en Ankara. No nos quedó otra alternativa que proseguir solos nuestro viaje hacia Europa.
La próxima escala era Estambul, la antigua Constantinopla, la ciudad más grande de Turquía A medida que nos acercábamos al Bósforo, es decir al límite, donde finaliza el territorio asiático, y el cruce de este estrecho nos pone en territorio europeo el paisaje y las construcciones se asemejan cada vez más al de Europa. Fue posible ver en las chimeneas de algunas casas, nidos de cigüeñas. Al final de la tarde, recorriendo una zona donde la carretera zigzaguea por interminables curvas al cruzar un cauce de un pequeño río, lleno de rocas por una inesperada crecida, el autobús al intentar cruzarlo se atascó gravemente. De nada valieron los esfuerzos de muchas personas para liberarlo. Hubo que pasar la noche allí y soportar el temor de nuevas crecidas, por la lluvia que se desató posteriormente y que arrastró piedras que golpeaban la parte baja de la carrocería. A las primeras luces de la mañana fuimos liberados con la ayuda de un tractor.
Llegamos a Estambul al amanecer del día catorce de junio de 1972, luego de un largo viaje por tierra desde Kabul, durante casi quince días. Cruzamos el Bósforo en un amplio ferry. (En aquella época no existía el puente que años después se construyó). Bajamos del autobús y caminamos sobre la planchada de la embarcación, a contemplar el estrecho que divide los dos continentes y que fue el paso obligado que dio origen a la civilización occidental. A la salida del sol contemplamos la silueta de la famosa Mezquita Azul, con sus imponentes y característicos cuatro minaretes. Al llegar a la orilla ya estábamos pisando suelo europeo.
GRECIA
Luego de un azaroso y complicado viaje por la geografía turca, donde imperaba la desinformación y la especulación, llegamos con un taxi, desde el terminal de autobuses de una ciudad próxima, a las cercanías del puesto carretero fronterizo que comunicaba a Turquía con Grecia.
Estos dos países lucían definitivamente incomunicados desde todo punto de vista. Prueba de ello fue el comportamiento del chofer del taxi, que al llegar a unos doscientos metros del lugar, detuvo su vehículo, nos invitó a bajar y con una actitud de desprecio hacia su vecino país, nos indicó la dirección que debíamos seguir para alcanzar la frontera griega. Partió bruscamente sin despedirse siquiera, dejándonos en una carretera solitaria, donde inexplicablemente, ―por ser un paso fronterizo― no existía ningún puesto de vigilancia o alcabala del país turco. Marchamos en la dirección indicada y después de cruzar un pequeño río por un puente, al final de éste, pisamos por fin tierra griega. Allí estaban las instalaciones que correspondían a la aduana y todo aquello que tiene que ver con un paso fronterizo, en lo civil y militar. Los guardias nos trataron con desconfianza por venir de tierra “enemiga”. Apreciación innegable que relata tanto la historia presente como la antigua. Estos pueblos tan parecidos entre sí, guardan una rivalidad engendrada en el odio y la intolerancia reciproca.
(Conozco una semblanza que los pinta de pies a cabeza a ambos y sin la menor intención de vilipendiar, la anoto aquí por su tono francamente humorista).
Alguien a manera de pregunta y dirigiéndose a otros les expresó:
−¿Saben en que se parecen los turcos a los griegos? Y él mismo dándose la respuesta continuó: −En que ambos son capaces de vender a su propia madre…..y prosiguió: −¿Y, en que se diferencian? y la respuesta tajante fue: −En que los griegos no la entregan……
Gran parte de los griegos aceptarían la analogía como cierta porque a pesar del inmoral acto, el hecho de no entregarla revelaría una incuestionable nobleza.
Por mi parte con los griegos me sentí amistoso y satisfecho. No puedo decir lo mismo de los turcos, aunque tiempo después aprecié en ellos defectos y virtudes como a todo el mundo. Pero no nos desviemos del tema. Ahora nos estamos ocupando de Grecia y de los griegos.
Después de la tramitación de rigor ante las autoridades griegas y autorizándonos el ingreso, partimos, adentrándonos en su territorio, en un autobús que nos llevó hasta Tesalónica. Allí pernoctamos en la estación de trenes, durmiendo sobre unos confortables, ―aunque rígidos― bancos del salón de espera. Éramos muchos los viajeros que pasamos allí la noche, sin ser molestados por ninguna autoridad. Alrededor de la medianoche atenuaron las luces y de esta manera se optimizó el descanso.
Continuamos a primera hora de la mañana el viaje por caminos montañosos que ondulaban sobre un paisaje singularmente árido. Los campos en su mayoría sembrados con olivos. Mucha piedra y en algunos tramos veíamos un mar calmo, sin oleajes, con cultivos que llegaban hasta su orilla.
Ese mismo día, a media tarde llegamos a Atenas. Allí en el mismo Terminal, en una oficina turística contactamos el alojamiento. Con nuestros limitados recursos accedimos a una habitación precaria aunque cómoda y decente. Era en un modesto hotel de Plaka, un sector de la ciudad, situada a los pies de la Acrópolis. Allí mismo donde en la antiguedad se desarrolló la antigua Atenas, cuna de la civilización occidental. Por esas calles, todavía se conservaban algunas arqueológicas ruinas de su remoto pasado. Imaginaba entonces a aquellos ilustres filósofos, caminando por sus calles y entre ellos no podía haber faltado aquel que sobresalió por su incomparable sabiduría y humildad, que se llamó Sócrates.
Visitamos el consulado argentino, donde nos recibieron con amistosas sonrisas y al solicitar ayuda económica, solo alcanzaron a darnos, ―como ayuda humanitaria― unos cinco dólares. No teníamos suficientes recursos y no había correspondencia desde Buenos Aires que anunciara la llegada de pasajes aéreos o en su defecto la remesa de dinero, por lo que no quedaba otro remedio que esperar. El alojamiento costaba setenta dracmas diarios y nuestra alimentación consistía en dos soublakis para cada uno. Era una comida aceptable aunque escasa que consistía en una especie de emparedado de carne de cerdo, con tomate y mayonesa. Al agotarse el dinero resolvimos intentar vender los abrigos de piel de carnero afganos, aquellos que fueron adquiridos en Kabul por su bajo precio y para ser negociados en Europa. Para ello decidí ofrecerlos a los turistas que visitaban la Acrópolis. Esta fortificación fue construida sobre una colina de piedra caliza, aproximadamente a 150 metros de altura y guarda las ruinas más emblemáticas de la cultura clásica. Para allá me dirigí subiendo por los empinados escalones y me instalé en la llegada de los autobuses y mostré la mercancía a los visitantes. Lucía imponente el Partenón, también el Erecteión con su pórtico de las Cariátides, las columnas de figuras femeninas de tranquila mirada, aunque me las imaginaba reprobando mi osadía. Lo cierto fue que los únicos que se interesaron en mí y los abrigos, fueron los vendedores de recuerdos y artesanías, los propios autorizados a vender algo allí, en sus quioscos, que viéndome como un competidor pirata no se les arrugó un ápice su bendita voluntad para llamar a la policía. Algunos me lo advirtieron pero no les creí, hasta que vi a los guardianes del orden subiendo apresurados por las escaleras aunque a suficiente distancia, para que con tranquilidad decidirme a partir. Así fue que ellos subían, yo bajaba, dando así término a esta aventura. Más tarde negociamos estas y otros objetos de recuerdo de la India , en un comercio de la ciudad.
. Lucía Plaka como un barrio bohemio, (seguramente lo seguirá siendo) con muchos restoranes y cantinas, donde imperaba la mas pura tradición popular de la cultura helénica. Allá la necesidad me permitió trabajar en un restaurante del más puro estilo griego Fue una incomparable e interesante experiencia. Fungí como ayudante de cocina entre otras ocupaciones. El primer día de trabajo se me ordenó que subiera unas cuantas gaveras vacías de Pepsi Cola, ―desde el sótano hasta la acera― por una escalera en espiral, de hierro. Fue una dura y agotadora tarea, que no terminó allí. A poco de concluir, reponiéndome y sin sospecharlo llega el camión de refresco que carga los envases vacíos, dejando en su lugar igual cantidad de llenos, los que hube de bajar al sótano, sin la menor ayuda. (Imagínese lector, si ya estaba cansado como habría de quedar después)
Laboré en el restorán unas cuatro semanas, ayudando al cocinero, una excelente persona, con quien nos entendíamos en un inglés coloquial, que él había aprendido con las tropas aliadas de ocupación durante la guerra. Luego de fregar la vajilla y los útiles de uso en la cocina ayudaba en el salón, retirando de las mesas platos y vasos. Algunos comensales al finalizar de comer se acercaban a la barra solicitándome un vaso de agua; haciéndolo por supuesto en griego: ―Aine poté neró. Eran según recuerdo, sus palabras y mientras bebían, continuaban conversándome, y yo sonriéndoles por respuesta a su incomprensible plática. Algunas veces fregaba el piso del salón, ―que era trabajo de los mesoneros ― y que ellos me solicitaban y por su cuenta sufragaban.
Todos los días, alrededor de las once de la mañana, cuando ya empezaban a estar listos algunos platos, el cocinero me autorizaba a que sin dejar de trabajar consumiera algunos alimentos a mi gusto y eso constituía mi única comida allí, de la quedaba plenamente satisfecho. Al finalizar mi jornada de trabajo me correspondía el almuerzo Con la excusa de que lo comería con más tranquilidad en el hotel, se lo llevaba a Tamara. De esa manera compartía los alimentos. Al atardecer dábamos un paseo y tomábamos un ligero refrigerio.
Es oportuno referirme a mi relación con Tamara. Era ella una excelente compañera y como ya lo he expresado en otro relato, éramos solamente condiscípulos y así nos comportábamos, aunque aparentemente las personas nos podían tomar como pareja. A nosotros no nos preocupaba esta estimación, así como tampoco era conveniente y por demás absolutamente innecesario e imprudente, el aclararles nuestra verdadera relación en este azaroso viaje.
Con el cocinero conversábamos bastante, a pesar de las limitaciones del idioma, me contaba de su vida, de su familia, de sus planes, etc. En algunas oportunidades, me salía hablarle en italiano. Era por su aspecto y disposición la que me parecía tan peninsular.
Los dueños del restorán, un matrimonio ya mayor, me trataron siempre con especial afecto, especialmente ella. Me llamaba Johnny y en el momento de la despedida me abrazó cariñosamente como lo haría una madre con su hijo.
Al final llegaron los dólares y pudimos continuar nuestro viaje. Partimos de Atenas hacia El Pireo, puerto de mar, para abordar un ferry con destino a Italia. A media tarde soltamos amarras y navegamos por el mar Egeo. Las aguas calmas, sin el menor oleaje, solo alteradas por el desplazamiento de nuestra nave, reflejaban el multicolor cielo del atardecer. Hicimos escalas en dos islas y desde la última de ellas a pusimos proa a nuestro inmediato destino: Bríndisi, en la península itálica, a la que habríamos de llegar, ― después de navegar durante toda la noche― con las primeras luces del amanecer…
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